En los Márgenes de la sociedad

En los Márgenes de la sociedad

En los Márgenes de la sociedad

Incluso para los que logran llegar a un país de destino que no tiene problemas económicos, su odisea no ha terminado. Viviendo en las sombras de una sociedad opulenta, los migrantes y refugiados en Noruega luchan por sobrevivir.

UN HOMBRE ALTO de mediana edad llamado Fernando, originario de Guinea-Bissau, en África Occidental, se queda a pasar la noche en el centro para migrantes, con capacidad para 50 camas, a cargo de la Cruz Roja Noruega en Oslo. Fernando acaba de llegar de España, donde hizo trabajos de construcción, mientras que su esposa, doctora en medicina, trabajó en un hospital local.

En 2008, cuando se produjo la crisis financiera mundial, su esposa perdió el trabajo y en la construcción disminuyó el empleo, cuenta. Finalmente, este año, decidió dejar España e irse a Noruega.

“No hay trabajo en España”, dice, alternando español, portugués y francés. “Estoy buscando trabajo, pero he oído que la cosa es muy difícil aquí. Y no hablo ni una palabra de noruego.”

Fernando, que no quiso dar su apellido, forma parte de un subconjunto cada vez más grande de la población migrante en este país constituido por los que han vivido en Grecia, Italia, Portugal o España pero que se han aventurado a buscar otros caminos dado que la vida en esos países se hizo cada vez más cuesta arriba.

Al llegar a Noruega, muchos se dan cuenta de que sus perspectivas no son mucho mejores. Sin conocer el idioma y sin residencia oficial, ni el número de identificación nacional que la acompaña, encontrar un trabajo es extremadamente difícil.

Entre los que se alojan en el centro para migrantes también hay personas que huyen de conflictos o persecuciones y tienen la posibilidad de solicitar asilo.

Muchos otros tienen residencia legal en uno de los 26 países europeos que forman parte del Convenio de Schengen, lo que significa que pueden entrar y permanecer legalmente en Noruega, pero su acceso a los servicios públicos y el mercado de trabajo está restringido.

Mundos paralelos

Resulta paradójico para muchos que llegan a Noruega, un país conocido por tener una postura generosa con respecto a cuestiones de derecho internacional humanitario y de derechos humanos, y por el bienestar social de sus ciudadanos.

“La sociedad del bienestar noruega es muy buena”, dice Ulf Rikter-Svendsen, director de programas de inclusión social de la Cruz Roja Noruega. “Pero si no eres parte del sistema, porque eres un migrante indocumentado, el panorama es muy distinto.”

Dado que la economía noruega está muy regulada, todo, desde la asistencia sanitaria básica hasta emitir una receta, alquilar un apartamento, abrir una cuenta bancaria, obtener una licencia de conducir e incluso inscribirse en un gimnasio, depende de un número de identidad nacional válido.

La economía fuerte, por su parte, impulsada por los ingresos procedentes de las reservas nacionales de petróleo, ha permitido que los noruegos tengan un nivel de vida alto. Pero también contribuye a la carestía de los bienes básicos.

Así pues, muchos migrantes malviven en un mundo paralelo: durmiendo en las calles, tranvías, trenes, autobuses y transbordadores o pasando la noche en algún albergue mientras buscan trabajo o un lugar para vivir.

Durante la última década, como la migración ha aumentado, la Cruz Roja Noruega ha ofrecido cada vez más servicios a las personas vulnerables que se mueven en los márgenes de una sociedad que fuera de esto es opulenta.

Junto con una organización benéfica local muy conocida, Church City Mission, la Sociedad Nacional ha abierto en Oslo dos centros de acogida para pasar la noche, uno para hombres y otro de 50 camas para mujeres, y ofrece una amplia gama de programas para ayudar a los migrantes y refugiados. En 2009, por ejemplo, abrió un dispensario de salud específicamente para migrantes y solicitantes de asilo.

Hoy ese dispensario es un centro de salud multidisciplinario administrado con la ayuda de 150 voluntarios, entre ellos médicos, personal enfermero, especialistas, psicólogos, fisioterapeutas, técnicos en ciencias biológicas, trabajadores sociales, intérpretes y personas encargadas de recibir a los usuarios en la sala de espera.

El sistema de salud de Noruega ofrece servicios médicos a los niños migrantes indocumentados y a los adultos en caso de problemas urgentes considerados agudos. Sin embargo, el problema es que los migrantes no siempre saben cuándo van al hospital, si su enfermedad se considera aguda o a cuánto ascenderá la factura.

Además, muchos migrantes indocumentados no quieren ir al hospital por temor a ser detectados. “Adondequiera que vayas te dicen ‘eres ilegal, eres ilegal’ –repite Yeshi, una mujer etíope que vive en Noruega desde hace 8 años y ha vuelto a presentar su solicitud de asilo que le han denegado hasta ahora–. “No tengo donde vivir y para comer tengo que mendigar; para dormir tengo que mendigar. Esto es lo que nos toca enfrentar.”

Debido a las tensiones que muchos migrantes y solicitantes de asilo deben enfrentar, el centro de salud de la Cruz Roja busca ofrecerles un ambiente acogedor y les asegura una estricta confidencialidad. “Cuando vengo aquí me siento bien y he recibido una buena ayuda”, asegura Yeshi, que se ha convertido, a su vez, en voluntaria y se encarga de preparar la cena para los trabajadores de salud todos los martes por la noche.

“La sociedad del bienestar noruega es muy buena…. Pero si no eres parte del sistema, porque eres un migrante indocumentado, el panorama es muy distinto.”

Ulf Rikter-Svendsen, jefe de programas de inclusión social de la Cruz Roja Noruega

Malcolm Lucard

Redactor responsable de Cruz Roja Media Luna Roja

En las noches frías, el número de personas que espera fuera del albergue de la Cruz Roja Noruega para pasar la noche a veces supera al número de camas disponibles. Una voluntaria habla con una mujer que espera entrar.

Fotografía: © Benjamin A. Ward/Cruz Roja Noruega

Adaptándose al sistema

Es importante que personas como Yeshi se sientan cómodas, dice Merethe Taksdal, una enfermera que ayudó a fundar el centro y que propone sus servicios como voluntaria por lo menos una vez al mes. “El problema es que la gente no pide ayuda hasta tener problemas graves, cuando se puede ganar mucho ayudándoles en una etapa precoz”, comenta.

Muchas de las dolencias que detecta entre los pacientes están relacionadas con el estrés, dice. “Pa decen insomnio. Están preocupados. De estos jóvenes afganos e iraquíes, por ejemplo, sus familias esperan tanto y ellos, a su vez, tenían tantas expectativas: que vendrían aquí a aprender algo, capacitarse, poder ayudar a la familia. Y luego se encuentran en una especie de limbo.”

Muchos acuden al dispensario porque trabajan largas horas en empresas que no respetan las reglamentaciones y utilizan productos químicos de limpieza tóxicos sin la protección necesaria o levantan objetos pesados, sin alimentarse ni dormir como corresponde.

“Algunos de los problemas de salud también se deben a las condiciones de vida inadecuadas e inestables”, observa Linnea Näsholm, una trabajadora social que coordina los servicios de salud mental en el centro. “Otros sufren de afecciones a la piel, ya que comparten un apartamento con 15 personas y el acceso a una buena higiene es limitado.”

Perder esperanza

James es un hombre de voz suave y casi treinta años que llegó por primera vez al dispensario en 2009 por un dolor de espalda que le surgió trabajando en una fábrica de envasado de pescado en el norte de Noruega.

Después de huir de Jonglei, entonces parte de Sudán, rumbo al campamento de refugiados de Kakuma en Kenia en 2005, este solicitante de asilo cuenta que llegó a Noruega, donde se le dijo que tendría una mejor oportunidad de que se le reconociera oficialmente como refugiado.

“Era tan diferente”, recuerda. “Hacía mucho frío y había sólo una o dos horas de luz al día. En África, siempre había 12 horas de luz y 12 horas de oscuridad.”

Entonces empezó a tener problemas en la espalda. “No sabía cómo levantar objetos pesados correctamente, así que tuve un montón de dolores”, cuenta James, que se había dirigido a Oslo en busca de otro trabajo. “Entonces supe de este dispensario y me ayudaron. Me sigue doliendo pero no tanto como antes.”

Ahora James, al igual que muchos otros solicitantes de asilo, acude al centro de salud para otro tipo de apoyo, una depresión que se ha instalado a causa de su futuro incierto. James dice que ha apelado el segundo rechazo de su solicitud de asilo, pero uno de los problemas es que no tiene ningún tipo de identificación u otro documento que le permita demostrar que es de Sudán del Sur, un país independiente desde 2011. “A estas alturas, quiero volver a casa, pero no puedo porque no tengo la identificación apropiada para las autoridades de Sudán del Sur.”

Mientras tanto, en Noruega, no puede abrir una cuenta bancaria ni estudiar ni conseguir un trabajo ni alquilar un apartamento. “Vivo al día porque no puedo planear nada y no sé dónde estaré mañana” , dice James, que se queda en casa de amigos o duerme fuera y trabaja como voluntario en una iglesia local para mantenerse ocupado. “Estoy perdiendo las esperanzas”, dice.

Este tipo de depresión es común entre los refugiados, dice Nasholm. “Es totalmente normal reaccionar como lo hacen”, asegura. “Están preocupados y muchos también sienten que son una carga para sus familiares y amigos. Siempre dependen de los demás y tienen que trasladarse constantemente de un lugar a otro.”

“Así que organizamos muchas conversaciones de apoyo”, afirma, y añade que a los casos más graves el centro los deriva a los psicólogos locales apoyados por el gobierno. Pero el sistema que ofrece ayuda psicológica y psiquiátrica acepta muy pocos pacientes, ya sea por la situación jurídica del paciente o porque los pacientes viven situaciones demasiado inestables como para que la terapia sea eficaz.

La integración

Incluso para los que han obtenido la residencia como refugiados, la integración en Noruega no necesariamente es fácil. Aquí, los refugiados que tienen el asilo deben vivir en municipios asignados específicamente en varias partes de Noruega. Hasta entonces, esperan en instalaciones temporales, denominadas centros de acogida, por lo general entre 9 y 12 meses.

La Cruz Roja Noruega ofrece servicios y actividades en muchos de los centros de acogida y continúan llegando de diversas maneras a los refugiados una vez que se establecieron en sus nuevas comunidades.

Por ejemplo, en la mayoría de las secciones de la Cruz Roja, se dan cursos de idioma y hay ”guías de refugiados” voluntarios que forman parejas con los refugiados para celebrar encuentros semanales en los que pueden conversar, practicar el noruego y hablar sobre las instituciones, la cultura y la vida cotidiana del país.

Kaysa Amundsen, una guía de refugiados voluntaria residente en Bergen, en el oeste de Noruega, afirma que los voluntarios a menudo transforman la asistencia en una amistad duradera. En Bergen tienen incluso un grupo de senderismo de refugiados y guías de refugiados. “Un fin de semana al año, hacemos una excursión al Galdhøpiggen, la montaña más alta de Noruega”, dice Amundsen. “El viaje es gratuito, pero los migrantes tienen que asistir a las sesiones de entrenamiento.”

¿Por qué ir de excursión? «Es una forma agradable y natural de conocerse”, apunta. “Y, en general, a los noruegos les gusta caminar, así que eso ayuda a los refugiados a integrarse. Bromeamos diciendo que para buscarse un trabajo se necesitan diplomas, pero si dices que has estado en el Galdhøpiggen, seguro que te van a contratar.”

La Sociedad Nacional también presta algunos servicios específicos para las mujeres, que enfrentan dificultades especiales en su país de adopción. Uno de esos servicios es el Stella Café, un centro de recursos para tratar de entrar en el mercado laboral. Unos 170 voluntarios ofrecen unas 90 horas de actividades por semana, desde yoga y clases de inglés hasta sesiones de entrenamiento personal. También hay una pequeña barra de café en la que se reúnen todos los días cerca de 40 mujeres procedentes de lugares tan lejanos como Irak, Polonia, Rusia, Somalia y Ucrania.

Muchas de estas mujeres eran en sus países de origen profesionales muy bien preparadas. En Oslo han empezado de cero. Muchas han perdido parte de su autoestima en la transición hacia una nueva cultura y economía, comenta la coordinadora del café Marianne Bockelie, que agrega que uno de los objetivos de este lugar es impulsar la confianza de las mujeres. “En el mercado de trabajo actual, si no crees en ti mismo, nadie lo hará”, asegura.

Mientras los refugiados enfrentan grandes desafíos para integrarse en la vida noruega y la política migratoria del país es un tema controvertido, los noruegos han mostrado una solidaridad considerable hacia sus nuevos vecinos. Una encuesta que realizó un periódico a principios de agosto indicó que el 57% de los noruegos tenía una opinión favorable de los migrantes y los refugiados. Esto puede tener algo que ver con la actitud de Noruega en general. Conocidos por su espíritu aventurero, muchos noruegos son muy curiosos con respecto a las personas de otras culturas que llegan a su país.

Sin embargo, una de las dificultades es que en el sistema noruego, los municipios asumen el costo de las necesidades locales de bienestar social. Por lo tanto, los funcionarios locales y los vecinos a menudo se preguntan si sus comunidades pueden dar acogida a más refugiados. Además de ayudar a los refugiados a moverse en este entorno, uno de los objetivos de la Sociedad Nacional es fomentar una actitud de acogida mediante campañas de sensibilización pública y promoción de la política nacional de migración y asilo.

Una sonrisa de bienvenida

De hecho esa actitud de acogida es una parte integrante de la respuesta humanitaria a la migración y motiva a muchos de los voluntarios que trabajan en los servicios en favor de migrantes y refugiados.

De vuelta en el albergue, una voluntaria indica su ancha sonrisa cuando se le preguntó cuál es su contribución más importante para los inmigrantes. “Es contagiosa esta sonrisa”, dice a medida que su sonrisa se hace más grande. “Yo sonrío y luego ellos sonríen. Es muy importante. Das energía positiva. Es duro para ellos cada día, así que tener algo positivo en su vida les aporta mucho.”

Otro voluntario en el albergue, Thomas Moxnes-Andexer, responde a una pregunta diferente. ¿Qué es lo más difícil del trabajo aquí? “Cuando no tenemos suficiente espacio para todos los que necesitan una cama. En el antiguo albergue había 100 camas y 180 personas en la cola, tuvimos que rechazar a 80 personas en una sola noche. Esa fue la peor noche que tuvimos, en marzo de 2014. Además, hacía mucho frío afuera.”

A Anne Anderson, la coordinadora del albergue, se le pregunta qué es lo más gratificante de su trabajo. “Cuando el número de personas que llegan coincide con el número de camas y todo el mundo puede quedarse. ¡Qué satisfacción!”

Dadas las crecientes necesidades y el limitado número de camas, ¿con qué frecuencia ocurre esto? “No es tan a menudo”, responde.

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