La ciudad en la línea de combate

Antes del conflicto en Yemen, el distrito de Salah en Taiz era un tranquilo y próspero barrio residencial. Fotografía: Khalid Al-Saeed/CICR

La ciudad en la línea de combate

A medida que las ciudades han ido cobrando mayor importancia, como centros económicos y de población, también se han convertido en el frente de la mayoría de los conflictos actuales.

En el suroeste de Yemen, a solo una hora en coche del Mar Rojo, está ubicada la antigua ciudad de Taiz, conocida como la capital cultural de Yemen y la base industrial del país: un centro para la producción de café.

Hoy en día, la mayor parte de Taiz se encuentra en ruinas: muchos de los edificios de ladrillo marrón y blanco que la caracterizaban han quedado reducidos a escombros y sus calles están llenas de coches quemados y cascotes. El famoso palacio del gobernador, un castillo construido sobre una montaña cónica, no es más que un montón de basura.

Los habitantes de la ciudad —más de medio millón de personas— han soportado un sufrimiento indecible debido a los tiroteos, los bombardeos aéreos, los disparos de francotiradores y los combates en las calles. Las fuerzas beligerantes llegaron a un punto muerto, lo que implica que las líneas de combate no se han movido en muchos meses y que la población se encuentra en medio de un prolongado y amargo enfrentamiento.

Las calles de la ciudad, antes llenas de tránsito y con una vida comercial animada, se han convertido en lugares donde reinan el miedo y la muerte. “Fuimos muy felices hasta que estalló la guerra en la ciudad”, dice Hanan Addahbali, una madre viuda con una niña recién nacida.

Hoy, las personas que no participan en los combates están rodeadas de destrucción, sangre, miedo y soledad. “Yo abrazaría a mi niña cuando hubiera enfrentamientos y bombardeos y la llevaría a la otra habitación donde se escucha menos el ruido de las balas y los bombardeos”, añade.

“En uno de esos días difíciles, mi marido salió a comprar algunas cosas para la casa. En su camino de regreso fue muerto por un francotirador que se encontraba en el techo de un edificio cercano. Mi marido no era un combatiente, ni siquiera sabía llevar un arma”.

“Ese día, se acabó mi vida”, dice. Sin el sustento de su esposo, añade, y tras haber perdido el trabajo como secretaria en el consultorio de odontología de él, ya no podía pagar el alquiler y tuvo que irse a vivir con sus padres. “Esta vida ya no podía ofrecerme nada, solo recuerdos y una ciudad que antes estuvo llena de vida”.

El costo humano de la guerra urbana

El dolor que esta mujer ha soportado, junto con la historia de Taiz propiamente dicha, son ejemplos de un fenómeno cada vez más común en el mundo de hoy: el conflicto urbano prolongado y terriblemente destructivo. La ciudad siria de Alepo es el ejemplo reciente más conocido, pero no es el único.

Existe una larga lista de ciudades que han padecido o siguen padeciendo los devastadores efectos de la guerra urbana, entre las cuales cabe mencionar Homs, Daraya, Deir Ezzor e Idlib en Siria; Adén, Taiz, Sadá y Saná en Yemen; Faluya, Mosul, Ramadi y Bagdad en Irak.

En un nuevo informe del CICR, titulado “El costo humano de la guerra urbana” (que se publicará a principios de mayo), se detallan las repercusiones que tiene la guerra urbana (entre ellas la historia de Hanan Addahbali), se explican algunas de sus causas y se formula una serie de recomendaciones para reducir sus efectos en los civiles y las ciudades que los apoyan. El informe se centra principalmente en Oriente Próximo, en particular en Irak, Siria y Yemen, donde la lucha por los territorios urbanos ha sido el principal objetivo perseguido.

¿Por qué todos estos conflictos se desarrollan en un entorno urbano? Según los expertos entrevistados para el informe, los combatientes a veces utilizan el paisaje urbano con fines tácticos, para esconderse de las fuerzas rivales o llevarlas a una situación de relativa vulnerabilidad. En las últimas décadas, de acuerdo a los observadores, los insurgentes tendían a esconderse en zonas montañosas o boscosas, pero la topografía de Oriente Próximo hizo cambiar esta tendencia y las ciudades pasaron a ser el escenario bélico.

Por otro lado, las partes beligerantes a menudo aducen que la lucha en las zonas urbanas es una forma de defender a la población local o su propio territorio. Las ciudades también tienen un valor simbólico y estratégico y las partes contendientes compiten por el control de la población, los recursos industriales y económicos y los lugares que favorecen la propaganda.

Consecuencias catastróficas

Cualesquiera que sean las razones, la lucha en el medio urbano tiene consecuencias catastróficas. Por ejemplo, el pasado mes de noviembre, en solo 72 horas los principales hospitales de Taiz recibieron, según se informó, un promedio de 200 heridos, muchos de los cuales presentaban lesiones provocadas por explosiones. Muchos tuvieron que ser amputados.

Otro hecho trágico es que esta necesidad abrumadora de atención médica de urgencia suele plantearse justo cuando los sistemas de salud pública en las ciudades en conflicto están a punto de colapsar. Según la delegación del CICR en Taiz, hoy no hay allí ningún centro de salud pública abierto, mientras que los dos únicos hospitales de la ciudad —uno administrado por el gobierno y el otro privado— funcionan con recursos mínimos y un número de empleados cada vez más reducido. En esos hospitales el personal de salud trabaja largas horas y debe lidiar con frecuentes cortes de energía eléctrica y bombardeos debido a la proximidad de los establecimientos a las líneas del frente.

Dado que los hospitales deben dar prioridad a los casos en que la vida se ve amenazada, no se dispone de mucho tiempo ni de recursos suficientes para tratar problemas de salud pública, como la salud materno-infantil, la vacunación de rutina o el control de enfermedades infecciosas. Los hospitales de campaña administrados por grupos armados también atienden principalmente a los heridos de guerra.

Por otra parte, los servicios normales de ambulancia son prácticamente inexistentes y a menudo los trabajadores médicos y humanitarios no pueden llegar a las personas heridas a causa de los combates. Además, para llevar a cabo cualquier misión de emergencia sobre el terreno, se requieren múltiples negociaciones por teléfono y parlamentar en los diversos puestos de control dirigidos por varios grupos armados que operan en la ciudad.

En las zonas pequeñas muy pobladas, la guerra urbana puede causar un elevado número de víctimas en muy poco tiempo. Además, “la naturaleza misma del entorno creado por el hombre, zonas cerradas hechas de acero y hormigón, genera peligros particulares”, observa Mauro Dalla Torre, cirujano de guerra veterano del CICR que hoy trabaja como experto en heridas de armas explosivas con el equipo de contaminación de armas del CICR. “En estos espacios urbanos cerrados o semicerrados, la onda expansiva de los artefactos explosivos es todavía más letal que en las zonas abiertas”.

El potente armamento explosivo mecanizado actual no solo puede causar numerosas víctimas, sino también desplazar a un gran número de personas en muy poco tiempo. Cuando las partes beligerantes atacan deliberada o sistemáticamente a las personas civiles, el derramamiento de sangre y el desplazamiento suelen ser mucho mayores. En los barrios urbanos densamente poblados, el número de desplazados puede sobrepasar rápidamente la capacidad de las ciudades cercanas, o incluso de los países, para albergarlos adecuadamente.

Para las personas atrapadas por los combates, la situación puede ser aún peor. Si bien en tiempos normales las ciudades suelen ser un motor económico de las economías regionales, también dependen en gran medida de los recursos externos para satisfacer necesidades básicas como la alimentación, el agua y la calefacción.

Malcolm Lucard

Redactor principal de Cruz Roja Media Luna Roja. Para la redacción del presente artículo se utilizaron además los informes desde el terreno elaborados por Joe Cropp, de la Federación Internacional en Mosul, y por Fareed Al-Homaid, del CICR en Taiz.

Los voluntarios de la Media Luna Roja Árabe Siria en Alepo cruzan las líneas del frente que dividen dos barrios diferentes para trasladar a las personas que
necesitan asistencia médica. Fotografía: Islam Mardini/Media Luna Roja Árabe Siria

Estado de sitio

El conflicto en las ciudades hoy también se caracteriza por los casos cada vez más numerosos de una antigua forma de guerra urbana: el asedio. La parte oriental de Alepo, por ejemplo, fue sometida a un asedio que duró 190 días, y otros bloqueos de la asistencia humanitaria en la ciudad causaron un profundo sufrimiento a la población civil. Pero muchas ciudades y localidades sirias menos conocidas (Deir Ezzor, Daraya, Fua, Kefraya y Madaya) también fueron sitiadas por fuerzas rebeldes o gubernamentales en varias ocasiones durante el conflicto.

A lo largo de estos asedios, los habitantes han soportado un tremendo sufrimiento pero han demostrado, al mismo tiempo, una increíble resiliencia.

Sin el suministro de luz eléctrica, la población depende a menudo de las luces alimentadas por baterías de plomo, que recargan con generadores cada dos o tres días. En algunas ciudades, muchos niños, obligados a vivir y asistir a clases en los sótanos por razones de seguridad, han padecido de patologías oculares debido al tiempo que han pasado en la oscuridad.

Debido a la falta de combustible, para mantener en funcionamiento los edificios principales, como escuelas y hospitales, se ha utilizado el talqa, un combustible fabricado en forma casera hirviendo y refinando pequeños trozos de plástico.

La ciudad yemení de Taiz  no se encuentra en estado de sitio hoy en día, pero la dificultad de conseguir productos dentro y fuera de la ciudad ha creado condiciones que se asemejan a las de un estado de sitio, incluyendo el colapso de la economía local. “La mayoría de los mercados de la ciudad cerraron sus puertas y en los pocos que aún tienen algo de comida los precios son tan altos que la gente no puede comprar nada”, dice Nancy Hamad, jefa de la delegación del CICR en Taiz. “Los casos de malnutrición han aumentado considerablemente, sobre todo entre los niños”.

“Hemos visto a la gente comer de la basura porque no tiene dinero para conseguir alimentos”, dice Hamad. “Hemos visto a mujeres recoger hojas de los árboles y hervirlas para dar a sus hijos una sopa caliente. En esta cultura, donde hay tanto orgullo de la cocina tradicional, recoger alimentos de la basura o hervir hojas significa que has tocado fondo”.

Aliviar el hambre de la población sometida al asedio o el sufrimiento que causan las precarias condiciones de vida plantea enormes retos a las organizaciones humanitarias, que continúan haciendo llamamientos urgentes para que se les permita tener acceso a las ciudades asediadas a fin de proveer de alimentos y suministros médicos que tanta falta hacen.

También han tenido que ingeniárselas, porque se les ha bloqueado el paso para prestar asistencia alimentaria a Taiz. Así pues, en agosto de 2016, el CICR decidió apoyar a 29 panaderías locales para que pudieran abastecer de pan a las familias más necesitadas.

Los residentes que participan en este programa reciben hasta 18 barras de pan de algunas panaderías, a las que luego el CICR reembolsa el gasto. Aunque esta ayuda no permite satisfacer ni con mucho las necesidades nutricionales básicas de la población de Taiz, ya es algo. Hoy en día, el programa beneficia a unos 13.000 hogares (35.000 personas) y se prevé ampliarlo a 25.000 hogares.

Servicios interconectados

Los habitantes de las ciudades también dependen, en gran medida, de las complejas redes de servicios que están profundamente interconectadas. El abastecimiento de agua depende de un suministro de electricidad fiable que, a su vez, puede depender de la producción de petróleo y el suministro de combustible. Si algún eslabón de estos intrincados sistemas resulta dañado o destruido, o es objeto de ataques intencionales, muchos miles e incluso millones de personas corren el riesgo de verse expuestas a enfermedades mortales prevenibles.

Por ende, los trabajadores humanitarios deben trabajar con una amplia gama de proveedores de servicios para ayudar a las ciudades a hacer frente a todas estas dificultades. En Alepo, la Media Luna Roja Árabe Siria, el CICR y las compañías locales de agua encontraron una solución para establecer otra red de agua reparando o perforando más de 120 pozos, explica Michael Talhami, jefe de la Unidad de Agua y Hábitat del CICR en Oriente Próximo.

“Cuando en 2016 la violencia en Alepo cortó los servicios de abastecimiento de agua a unos dos millones de personas, se contaba con esta fuente de agua alternativa —comenta Talhami—. Pero debido a las continuas e indiscriminadas escaladas de violencia, la mitad de estos pozos quedaron dañados y fue imposible o muy difícil acceder a ellos”.

“Esta vida ya no podía ofrecerme nada, solo recuerdos y una ciudad que antes estuvo llena de vida”.

Hanan Addahbali, madre viuda que vive en Taiz (Yemen)

“La naturaleza misma del entorno creado por el hombre, zonas cerradas hechas de acero y hormigón...En estos espacios `{`...`}` la onda expansiva de los artefactos explosivos es todavía más letal que en las zonas abiertas”.

Mauro Dalla Torre, cirujano de guerra veterano del CICR que hoy trabaja como experto en heridas de armas explosivas

Los voluntarios y empleados de la Media Luna Roja de Irak proporcionan víveres, socorro y apoyo psicosocial en el campamento de Khazer, instalado para las personas que han huido de Mosul y las localidades circundantes. Fotografía: Safin Ahmed/Media Luna Roja de Irak

Un paisaje muy inseguro

El mantenimiento de estos sistemas también plantea muchos riesgos. Cuando se emplean armas explosivas, un porcentaje de ellas no detona al impactar. Por lo tanto, antes de iniciar cualquier reparación de las zonas urbanas, es indispensable limpiar bien el terreno y eliminar las bombas sin estallar. Se trata de una labor costosa, que requiere mucho tiempo pero que es crucial y que se suma a las numerosas tareas que es necesario realizar para restablecer la normalidad después de una guerra urbana.

Reparar los daños causados por la guerra urbana puede llevar mucho tiempo. La construcción del paisaje urbano en muchos casos ha requerido décadas o incluso siglos. Estos logros, junto con edificios institucionales y otras referencias locales importantes, pueden ser destruidas en cuestión de segundos durante los intensos combates, dejando heridas que requerirán inversiones de miles de millones de dólares y décadas de trabajo para poder sanar.

La creciente frecuencia de los conflictos urbanos también ha llevado a las organizaciones humanitarias a replantearse y mejorar la forma en que ayudan a las ciudades a prepararse para la violencia intensiva. Por ejemplo, en Irak y Ucrania, una de las medidas adoptadas por la unidad de contaminación de armas del CICR es localizar los emplazamientos industriales y otros lugares donde puedan almacenarse productos químicos tóxicos y otros materiales peligrosos.

Esta información puede ser primordial para prepararse en caso de que se liberen sustancias químicas tóxicas en zonas urbanas densamente pobladas.

Recientemente surgió esta preocupación por el uso de un agente químico tóxico durante los combates alrededor de Mosul, donde 15 personas —entre ellos niños— fueron ingresadas en el hospital con síntomas clínicos de una exposición a un agente vesicante.

Ante este y otros supuestos casos de uso de este tipo de armas, los equipos del CICR recordaron a todas las partes en el conflicto la absoluta prohibición del empleo de armas químicas y biológicas y su obligación de atenerse al derecho internacional. Al mismo tiempo, la Institución ha hecho lo posible por fortalecer la capacidad de dos establecimientos de salud cerca de Mosul, proporcionándoles formación y equipo de protección a fin de ayudarlos a atender a los pacientes contaminados.

El empleo de esas armas en las ciudades puede provocar una gran pérdida de vidas y sobrecargar los sistemas locales de salud. Los agentes químicos tóxicos o biológicos no solo pueden causar daño o la muerte a la persona directamente afectada sino también contaminar a los trabajadores de salud, las ambulancias, los quirófanos e incluso los hospitales, haciendo que estas instalaciones esenciales queden totalmente inutilizables cuando más falta hacen.

“Ahora, cuando el personal del hospital sospecha que se ha utilizado un agente químico, dispone de la capacitación y del equipo necesarios para manejarlo antes de que la persona sea ingresada en el hospital”, observa Johnny Nehme, jefe encargado de la respuesta a las armas químicas, biológicas, radiológicas y nucleares.

Algo más que calles y edificios

Finalmente, las ciudades son mucho más que edificios, calles, sistemas de agua y hospitales. Y las personas padecen no solo heridas físicas. La guerra en las zonas urbanas a menudo significa la desintegración de las comunidades y la fractura de las redes sociales.

El intenso trauma que provoca el conflicto urbano —miedo continuo, violencia extrema y sentimiento de impotencia—puede causar profundas heridas psicológicas. Sin embargo, hay una falta evidente de servicios de apoyo psicológico para las personas aún atrapadas por los combates, así como para los que están en los campamentos y las ciudades de los países vecinos.

Por esta razón, la respuesta humanitaria también apunta al bienestar mental de las personas. En el campo de Khazer para personas desplazadas, ubicado al este de Mosul, un grupo de voluntarios especializados en el ámbito psicosocial de la Media Luna Roja de Irak de la cercana sección de Dohuk, intenta paliar esta carencia. Se preocupan sobre todo por ayudar a los niños, que constituyen casi la mitad de la población del campamento y no van a la escuela desde hace dos años.

“Estas personas han pasado por experiencias terribles y necesitan todo el apoyo que podamos darles”, dice la voluntaria Mahdia, de 29 años.

Una de las sobrevivientes es Buthina, una madre de tres hijos, que contó a una voluntaria de la Media Luna Roja de Irak encargada de prestar apoyo psicosocial cómo escapó de Mosul con su esposo, sus hijos y otras 14 personas en el coche de su hermano. La familia se vio obligada a abandonar su hogar, su ciudad y todas sus pertenencias. “Sabemos que ahora estamos a salvo —dice—. Esas pertenencias no son importantes”.

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