Urbes de miseria y esperanza

Voluntarios de la Cruz Roja Argentina enseñan primeros auxilios a los niños de Villa Fraga, una villa miseria, nombre que se da a los barrios marginales en Argentina. La Sociedad Nacional participa en numerosas actividades para ayudar a estas comunidades a mejorar su salud, prevenir la violencia y las enfermedades y prepararse para las emergencias. Fotografía: Cruz Roja Argentina

Urbes de miseria y esperanza

En muchas ciudades en crecimiento, las comunidades migrantes enfrentan múltiples niveles de marginación, carecen de servicios esenciales y viven en barrios olvidados, a veces desconocidos. En las llamadas villas miserias de Buenos Aires, la Cruz Roja Argentina sienta las bases para la resiliencia urbana.

Bajo una de las olas de calor más extremas de Buenos Aires, un grupo de voluntarias de la Cruz Roja recorre las estrechas callejuelas de Barrio Mitre, uno de los barrios más pobres de la capital argentina.

En este pequeño enclave en el próspero distrito de Saavedra y a solo dos cuadras de un exclusivo centro comercial, Julia y Aristóbulo Picón reciben a dos voluntarias que han venido a comprobar la presión arterial de la pareja.

“¡Qué lindo que pudieron venir con tanto calor! Vení, querida, las estuvimos esperando. ¿Quieren algo fresquito para tomar?”, dice Julia.

“Gracias”, responde una de las voluntarias. “Solamente queremos saber si Aristóbulo se portó bien esta semana y si comió frutas y cosas saludables como nos prometió”.

“Ando medio nervioso últimamente. Y no pude dormir muy bien porque anoche unos ruidosos estuvieron practicando para los corsos  hasta muy tarde acá a la vuelta. A veces pienso que tendría que mudarme a Catamarca y vivir solo en el medio de la montaña”.

“¡Pero no tendrías la visita de estas chicas tan bonitas todos los sábados!”, se burla su esposa.

Al igual que Julia y Aristóbulo, muchos habitantes de Barrio Mitre no son nativos de Buenos Aires. Barrio Mitre fue construido en la década de 1950 para alojar temporalmente a un grupo de vecinos que habían perdido sus casas en un incendio, pero nunca se consideró un barrio oficial de la ciudad.

Con el paso de los años, los barrios circundantes fueron prosperando pero Barrio Mitre quedó cada vez más marginado y su población, procedente, en gran parte, de las zonas rurales y de otros países de América Latina, siguió aumentando. A medida que aumentaban las necesidades de la zona, la Cruz Roja Argentina empezó a participar en la prestación de servicios básicos de salud y en la labor destinada a reducir los riesgos que afectaban desproporcionadamente a los más pobres de la ciudad.

“Nos enfocamos especialmente en la situación de los adultos mayores porque muchos de ellos viven solos acá”, explica Ayelén Gómez, voluntaria desde hace diez años que ha trabajado en Barrio Mitre en los últimos siete. “Venimos al barrio todos los sábados y eso la gente lo agradece mucho”.

Gianni Bellone, otro miembro del equipo de voluntarios de la Cruz Roja, añade: “Tomarles la presión cada semana es de alguna manera una excusa para estar en contacto con ellos y para intentar encontrar juntos alguna solución para sus vulnerabilidades”.

La labor de los voluntarios comenzó hace unos siete años, pero aumentó en forma espectacular después de un acontecimiento crucial ocurrido en 2013. El 2 de abril, tras unas lluvias torrenciales, las viviendas de casi todos los 4.000 residentes de Barrio Mitre quedaron bajo las aguas.

“Ese día perdimos todo y pudimos escapar de milagro”, recuerda Julia Picón. Nacida en Paraguay, vive desde hace más de 40 años en su casa, que ahora comparte con su esposo, su hija y dos de sus nietos. “Yo no sé nadar y el agua me hubiera arrastrado si no fuera por la ayuda de mi familia. Fue una pesadilla y todavía siento miedo cada vez que llueve”.

Tanto los vecinos como los representantes de la Cruz Roja coinciden en que en Barrio Mitre los vínculos entre ellos se fortalecieron después de esa catástrofe. “La verdad es que nos quedamos semanas trabajando acá después de la inundación”, dice Gómez. “La gente nos abrió las puertas de sus casas y les pudimos enseñar cómo limpiar correctamente todo una vez que el agua bajó. Repartimos botiquines con elementos de primeros auxilios y hay gente que todavía hoy los tiene y los cuida”.

Sin embargo, el verdadero objetivo no es solo prestar asistencia en casos de emergencia, sino ayudar a la comunidad a prepararse mejor. “Lo que intentamos conseguir es la resiliencia de manera que las comunidades en riesgo estén mejor preparadas para enfrentar cualquier tipo de emergencia”, asegura Gómez.

En barrios como Barrio Mitre, esto significa empezar con lo básico, es decir, cosas que la mayoría de los habitantes de Buenos Aires darían por sentado, como el letrero con el nombre de las calles. En una iniciativa reciente, la Cruz Roja Argentina trabajó con los habitantes para colocar letreros en cada esquina para que la gente, incluso el personal de emergencia, pueda desplazarse por el vecindario sin perderse.

“Parece una cosa bastante simple pero antes, si no eras del Barrio Mitre o no conocías la zona, no había forma de saber dónde estabas exactamente ni de encontrar una dirección específica”, dice Gómez. “De hecho, las ambulancias se perdían o no venían cuando alguien las llamaba de emergencia porque no había una manera clara de dar las direcciones de las casas”.

Maria Agustina Larrea

Periodista y editora independiente radicada en Buenos Aires (Argentina).

Los cursos de primeros auxilios, el deporte, el arte y otras actividades sociales son una forma de llegar a los jóvenes de las comunidades marginadas. Fotografía: Facundo ‘El Sike’ Cobbe/Federación Internacional

Ciudades de pobreza

Las inundaciones de 2013 que se produjeron en Barrio Mitre mostraron la terrible situación que viven todos los habitantes de las villas miserias de Buenos Aires: en una ciudad donde viven 3 millones de personas en el área metropolitana (y aproximadamente 9 millones en las zonas circundantes, lo que se conoce como “el Gran Buenos Aires”), hasta 400.000 personas viven en casas precarias, sin acceso a servicios públicos como electricidad, sistema de alcantarillado o gas natural. Además, los residentes deben lidiar con una serie de problemas sociales como la violencia, la drogadicción, la trata de personas, el desempleo, el hacinamiento, la xenofobia y el acceso deficiente a los sistemas de salud y educación.

Esta imagen de villas miserias y casas improvisadas amontonadas a la sombra de resplandecientes rascacielos es una visión cada vez más familiar en ciudades de toda América Latina, dado que más y más gente emigra a los centros urbanos regionales para escapar de la sequía o la violencia o simplemente para encontrar un trabajo.

Según un estudio publicado en 2015 por Naciones Unidas, el 4,6% de la población argentina —aproximadamente unos dos millones de personas— son extranjeros. El último censo nacional, por su parte, indica que hasta el 13,2% de los que viven en Buenos Aires son inmigrantes (principalmente de Bolivia, Paraguay y Perú), muchos de los cuales ingresan al país ilegalmente y, por lo tanto, se encuentran sin acceso a los servicios esenciales.

Si bien los medios internacionales, cuando abordan el tema de la migración, se interesan esencialmente en las personas que migran hacia el norte, existe “una historia de inmigración interna dentro del continente [sudamericano]” y numerosas personas se desplazan hacia el Cono Sur y dentro de él, explica Alexandre Claudon de Vernisy, jefe del grupo temático de apoyo por país que representa a Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay para la Federación Internacional.

Muchos de estos migrantes viven sin documentación legal apropiada en las ciudades de adopción, sin posibilidad de acceso a la educación, el empleo u otros servicios estatales. Muchas Sociedades Nacionales latinoamericanas, como la Cruz Roja Argentina, hacen un esfuerzo especial para llegar a estos migrantes, muchos de los cuales se trasladan a barrios que ya son objeto de una urbanización desenfrenada.

La Cruz Roja Argentina ha seleccionado nueve comunidades urbanas donde, entre otras actividades, realiza controles de salud de rutina, se encarga de reducir el estigma en torno al VIH/SIDA y presta primeros auxilios. También trabaja junto a las comunidades para ayudarlas a afrontar mejor las crisis proporcionándoles equipos básicos de emergencia y ayudándolas a mapear sus comunidades, elaborar planes de evacuación e incluso a enseñar a la gente cómo trasladar a personas heridas a lugares accesibles para las ambulancias.

Un objetivo general es tener una presencia constante creando una base de voluntarios locales y favoreciendo la aceptación gracias a la colaboración con una serie de organizaciones locales, desde comedores comunitarios hasta iglesias, templos, escuelas, centros de asistencia, organismos estatales e incluso miembros de pandillas. En su calidad de organización auxiliar neutral del gobierno, la Sociedad Nacional trabaja conforme a un acuerdo concertado con las autoridades, que le permite ofrecer servicios a los migrantes y facilitarles la integración en la vida de la ciudad.

“Lo que intentamos conseguir es la resiliencia de manera que las comunidades en riesgo estén mejor preparadas para enfrentar cualquier tipo de emergencia”.

Ayelén Gómez, voluntaria de la Cruz Roja Argentina, que trabaja en Barrio Mitre

Villa Fraga

En villa Fraga, una de las villas miserias más recientes y más pobladas, situada en pleno corazón de Buenos Aires, unas 5.000 personas viven en un terreno perteneciente al sistema nacional de ferrocarriles, cerca de las líneas férreas.

Los expertos consideran que Villa Fraga, dividida en nueve sectores, es uno de los barrios más peligrosos de la capital debido a las luchas entre bandas de inmigrantes de diferentes países: hay una sola manera de entrar o salir de ella.

Los voluntarios de la Cruz Roja han comenzado a ofrecer allí actividades educativas para los niños: por ejemplo, juegos destinados a ayudarlos a prevenir accidentes domésticos o aprender a prevenir enfermedades como el dengue y el zika.

A lo largo de los pequeños senderos fangosos se levantan casas precarias, con reparaciones improvisadas. Los domingos de verano, la mayoría de los vecinos se sientan afuera, en un intento por mitigar las temperaturas sofocantes que alcanzan los 38 grados.

“Vamos viendo de acuerdo a sus necesidades y lo que nos piden, y venimos a dar información sobre primeros auxilios”, dice la voluntaria Celina Quinn. “Damos talleres sobre cómo prevenir accidentes domésticos o enseñamos a cargar correctamente a una persona herida porque las ambulancias no entran a Fraga”.

Luisa, que vive en esta villa, sentada al lado de una modesta cancha de fútbol de cemento, mira pintar a un grupo de 20 niños, guiado por voluntarios de la Cruz Roja, mientras que otros jóvenes examinan unos carteles con información sobre enfermedades.

“¡Es impresionante lo concentrados que están ahora!”, dice Luisa señalando a otro grupo de niños que escuchan a un voluntario explicarles la reanimación cardiopulmonar.

Debido a su fuerte personalidad, Luisa se ha convertido en representante de villa Fraga y sus vecinos la buscan cuando tienen problemas. En muchas ocasiones se ha reunido con autoridades de la ciudad para negociar mejores condiciones de vida para el vecindario.

Como muchos de sus vecinos, Luisa llegó a Argentina desde Perú para completar sus estudios. Quería ser enfermera, pero no lo consiguió. Ahora trabaja de limpiadora en un gimnasio y también es miembro de una cooperativa de recicladores urbanos que recolecta objetos en diferentes barrios de la ciudad.

“Quiero que estos chiquitos vivan mejor. Quiero que tengan calles donde puedan transitar seguros. No quiero que estén llenos de barro cada vez que llueve. En este barrio nos falta prácticamente de todo. Pero tenemos derecho a progresar. Pienso en esto todas las noches antes de irme a dormir”, dice.

En Barrio Mitre, una villa miseria establecida desde hace mucho tiempo, voluntarios de la Cruz Roja Argentina hacen controles de salud de rutina a las personas mayores en el marco de sus actividades de prevención y preparación en casos de desastre. Fotografía: Facundo ‘El Sike’ Cobbe/Federación Internacional

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