Los diarios de los incendios forestales

Los diarios de los incendios forestales

A medida que el clima se calienta, las profundas cicatrices de los incendios forestales perduran.

Con enormes incendios forestales ardiendo en muchas partes del mundo, las pantallas de televisión, las computadoras portátiles y los teléfonos han estado brillando en rojo con imágenes de las líneas de fuego, desde el círculo ártico en Suecia hasta las tierras altas de Camboya. Pero, ¿qué pasa después de que las llamas se apagan? ¿Y una vez que la televisión y los bomberos se mudan a otro lado?

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The impacts of wildfires can endure for decades and sometimes, those impacts are surprising and irreversible. This is part of the story that is less often told. But it’s a critical piece of the puzzle because wildfires are likely to be more frequent and severe in the years to come due to a variety of factors related to climate change.

La cabaña perdida

Un indígena anciano regresa a una remota cabaña de caza y pesca para ver si sigue en pie después del incendio de Elephant Hill en 2017. En el camino, se pregunta si su forma de vida tradicional subsistirá a pesar de los golpes del cambio climático.

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Cuando salimos del estacionamiento, el hombre que conduce el todoterreno, Terry Deneault, explica que tendremos que dar un largo rodeo para llegar a nuestro destino. El camino rural que pensábamos tomar había quedado intransitable la noche anterior. «Está todo lleno de barro”, me advierte Deneault. «Así que, por seguridad, iremos por el camino largo».

Después de los incendios que ocurrieron en 2017 en esta región central de la Columbia Británica (Canadá), dice Deneault, comenzaron los aludes en las montañas de todo el territorio. Como las laderas carbonizadas ya no pueden absorber la lluvia y los sistemas de raíces vivas ya no retienen el suelo, la tierra se empieza a despeñar, llevándose por delante carreteras, puentes, cercas y  a veces hasta automóviles. “Los deslizamientos pueden ocurrir en cualquier momento y  muy rápido”, añade. “Nunca se había visto algo igual. Ahora lo que nos da miedo es la lluvia”.

A Deneault se le conoce como el «guardián del saber cultural» del grupo de los skeetchestn y, a medida que vamos subiendo, queda claro el por qué. Nos relata sus vivencias, algunas divertidas, otras tristes; por ejemplo, que creció con su abuelo en un campamento situado en una montaña remota, donde aprendió a cazar, pescar y recolectar plantas al modo tradicional. Cuenta que lo llevaron a un pensionado cuando era niño, regresó hecho un hombre y dedicó todo su tiempo a mantener vivo el estilo de vida tradicional. Con la presión del mundo moderno, el desarrollo y ahora estos incendios y aludes, no es fácil.

Todo ha cambiado

“El lugar al que los llevo es uno de los de menor altura, donde abunda todo lo que necesitamos. Pero debido a los aludes, tenemos que dar toda una vuelta para llegar a nuestra montaña», dice, y agrega que llegar a los campos de caza y recolección normalmente toma una hora, pero hoy se tarda tres veces más. “Este incendio ha cambiado literalmente todo y ha tenido profundas repercusiones en nuestra cultura”.

“En Elephant Hill, el 75 por ciento del territorio que visitaremos quedó reducido a cenizas. Entonces, ¿qué hacemos ahora? ¿Cómo preservaremos nuestra alimentación tradicional? ¿Dónde vamos a encontrar las bayas, las plantas, las raíces que nuestro cuerpo necesita para poder seguir viviendo?”, se pregunta.

La fauna silvestre también está sufriendo ya que no hay retoños ni tréboles para que se alimenten alces, ciervos y otros animales. «Hemos sabido que los alces se están muriendo de hambre porque no encuentran qué comer. No queda nada».

Hasta los incendios, casi toda la comunidad (250 personas) sacaban de la tierra  una parte considerable de su sustento. Después del desastre, muchos subsisten gracias a alimentos importados.

“Por desgracia, ahora dependemos del sistema”, dice Deneault, que, en su calidad de guardián del saber tradicional, lleva a cabo numerosas actividades para mantener vivas las ceremonias tradicionales, el idioma, la música y la recolección de alimentos. “Estaba reintroduciendo la caza y la pesca. Estaba reintroduciendo las enseñanzas para que nuestros hijos pudieran ir a cazar y recolectar lo que precisan para el invierno. Así que esta situación ha cambiado muchas cosas en nuestras vidas».

Terry teaches children in his town about cultural practices and traditions, so that his Band's heritage doesn't get lost.

¿La última gota?

El problema, dice Deneault, es que los incendios se sumaron a otras presiones sobre el modo de vida tradicional. “Antiguamente,, en mi época, podías subir a la vieja reserva, tenías bolsas de arpillera llenas de cosas secas. Teníamos unos bastidores para colgar y secar frutas, hierbas medicinales, carne; teníamos suficientes víveres para pasar el invierno sin problema. Pero hoy ya no existe nada de eso y mucha de nuestra gente va a abastecerse a las grandes tiendas donde compra alimentos elaborados”.

Pero su capacidad para vivir de la tierra ya había mermado debido a la construcción de nuevas carreteras, a los avances en materia de  vivienda y a los cambios en las migraciones estacionales de los peces debido al calentamiento global. “Los efectos del cambio climático ya han afectado a los sistemas fluviales”, señala Deneault. “Los ríos han perdido parte de su caudal, son más lentos y más cálidos, y el salmón que remonta ya se encuentra en mal estado porque la escorrentía produce enfermedades”.

El bosque sufrió otros cambios. A medida que los veranos se volvían más calurosos, nuevas plagas de insectos acabaron con miles de árboles. “Por esa razón, el incendio de Elephant Hill se extendió tan rápidamente: el bosque estaba rojo donde los insectos habían matado todo. Lo que quedaba estaba completamente seco y las llamas se propagaron muy fácilmente”.

Por ello, muchos temen que lo peor esté por venir. «Si ocurre otro incendio, será aún más devastador; los troncos ya están secos”.

“¿Qué significa?”

Finalmente, después de unas dos horas de camino, Deneault nos conduce a una zona cubierta de hierba. Nos bajamos del coche y caminamos hacia la cabaña. “Esta es una de las zonas más importantes para nosotros como cazadores y recolectores”, nos explica mientras caminamos  por la hierba.

Unos metros más adelante, se detiene. “¡Oh Dios mío, la cabaña ya no está!”.

“Teníamos una cabaña de caza y pesca aquí mismo”, dice, de pie junto a los únicos restos que quedan, una estructura metálica retorcida. “Estos son bastidores de secado para peces, alces y ciervos. Hemos trabajado mucho aquí. Era una hermosa cabaña. No queda nada de eso”.

Me lleva a un arroyito donde los pescadores solían pescar. “Es triste ver esto”. Pero entonces ve un signo de esperanza: una huella de alce en la orilla verde. «Es bueno ver esto, parece que entraron y comieron hierbas que crecen dentro del agua”.

“Todavía estoy tratando de atar cabos en todos los aspectos —dice—. ¿Qué significa realmente el cambio climático? Ya sé los efectos que ha tenido en nosotros, pero ¿cómo podemos prever lo que pasará dentro de 20, 30 o 40 años más? ¿Estaremos todavía aquí? ¿Con nuestro idioma, con lo que sabemos de nuestra tierra? ¿Podremos continuar viviendo nuestro estilo de vida? Eso es lo que necesito saber”

De pueblo anfitrión a pueblo fantasma

Muchos comercios rurales destinados a los turistas, como The Frog on the Bog, en Wells (Columbia Británica), siguen sufriendo las consecuencias de los incendios por el miedo que aún siente la gente, así como por el humo que impide disfrutar de los paisajes.

En el pueblito canadiense de Wells (Columbia Británica), The Frog on the Bog es uno de los pocos negocios que existen, tienda de regalos y a la vez lugar de encuentro para los habitantes de varios kilómetros a la redonda. “Viene mucha gente de distintos lugares”, dice Cheryl Macarthy, la dueña. “Pasan por aquí para pedir información sobre el oro, hacer compras y tomarse una taza de café”.

Sí, oro. Macarthy muestra algunas pepitas llevadas a la tienda hace poco por buscadores de oro modernos. “Encontraron esto hace dos semanas y es fabuloso”, exclama Macarthy, señalando un trocito del precioso mineral del tamaño de un pulgar. “La gente deja su trabajo o se toma el verano para buscar oro”.

La mayoría de las personas vienen porque les gusta la naturaleza, en particular los aficionados a la canoa o al kayak que practican en la cadena de lagos estrechos y serpenteantes que conforman el lago Bowron. “Bowron es una de las cadenas de lagos más grandes y más aptas del mundo para practicar remo. La gente concurre de todas partes del mundo”, explica.

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Cheryl Macarthy, owner of the Frong on the Bog in the Bowon Lakes region, affected by wildfires.

Junto con la minería, el remo ha dado una nueva vida al pueblo en los últimos años. “Solíamos pararnos en medio de la calle y hablar con nuestros vecinos, y si algún automóvil quería pasar nos contorneaba. Con la minería hay más trajín. Wells ha cambiado mucho”.

Otra atracción cercana es Barkerville, un pueblo fantasma donde un grupo de personas se disfraza como personajes de la antigua frontera. “A Wells lo denominamos ‘el pueblo anfitrión del pueblo fantasma’. Barkerville era próspero en la década de 1860, hoy ya no vive nadie allí, los comediantes regresan a Wells por la noche. Ellos viven aquí”.

Pero los graves incendios forestales registrados en la provincia occidental de Canadá en las últimas dos temporadas han reducido seriamente el número de personas que visitan Barkerville y Wells en estos días. Los incendios quedan lejos, pero las informaciones que dan los medios de carreteras bloqueadas, incendios y humo han desanimado a los turistas, y eso ha dejado a la economía local tambaleando.

Lo más preocupante es que el propio pueblo anfitrión se está convirtiendo de a poco en otro pueblo fantasma. “Es bastante desmoralizante”, acota Macarthy. “Y es realmente desalentador ir a Barkerville y ver a los artistas hacer su espectáculo sin público”.

Sin embargo, Macarthy asegura que en Wells han sido relativamente afortunados porque el pueblito no se quemó y nunca tuvieron que ser evacuados. Pero el humo tiene efectos adversos, y la gente se lo piensa dos veces antes de venir.

Para muchas personas, el humo ha sido “la gota que colmó el vaso».

“Nadie duerme cuando llueve”

Después de los incendios vienen los aludes.

Lo más aterrador, dice Trina Thompson, es no saber de dónde vienen los ruidos. “Solo puedes escuchar el rodar de las rocas y el crujir de árboles. Puedes escuchar el agua que fluye a raudales y que sale de las alcantarillas debajo de la carretera”.

Y como a veces los aludes ocurren en la noche, no sabes si tu casa se encuentra en su trayecto. «Escucharlo sin saber dónde ni qué estaba ocurriendo, fue para mí lo más aterrador”.

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Thompson vive con su padre, Norman Retasket, en tierras familiares situadas en un pequeño valle que queda a las afueras de Bonaparte, en la provincia canadiense de la Columbia Británica. La propiedad, rodeada por grandes colinas, tiene tres casas, enclavadas entre un arroyo a menudo caudaloso y una autopista provincial de doble vía que está a pocos pasos. Después de una temporada de violentos incendios forestales en 2017, los aludes se han convertido en una amenaza permanente en las montañas afectadas por el fuego. Retasket cuenta que el último, que llegó a pocos metros de su casa, fue aterrador.

“El suelo temblaba como si estuviera acercándose un tren de carga. Se podían oír las rocas rodar y estrellarse contra los árboles. No sabes de qué tamaño son las rocas, ni dónde se detendrán ni si te pasarán por encima”.

En la zona circundante a la propiedad de Retasket, los deslizamientos de tierra se cobraron la vida de una persona. Una pareja se había detenido al borde de la carretera para admirar el paisaje, sin darse cuenta de lo que iba a suceder. En un abrir y cerrar de ojos, las montañas empezaron a moverse. Toneladas de tierra, rocas y agua se despeñaban barriendo a su paso caminos, puentes, cercas y el vehículo de la pareja. Una persona pudo salvarse, la otra desapareció.

Los aludes son cada vez más comunes porque los incendios destruyeron árboles, matorrales, pastos y sotobosque que son normalmente los que mantienen la capa superior del bosque durante las lluvias.

«No hay nada que retenga el agua», dice Retasket. “Cada vez que llueva o haya tormentas, va a suceder lo mismo. En caso de nevadas abundantes, se producirá varias veces el mismo fenómeno en la primavera cuando comience el deshielo. La amenaza subsistirá durante años hasta que la vegetación vuelva a crecer en las montañas”.

Hasta entonces, el efecto psicológico será constante. “Nadie duerme cuando llueve”, asegura Retasket.

Un paisaje irreconocible

Los aludes han cambiado la topografía de las tierras de Retasket. No solo rompieron una cerca recién instalada, sino que también destruyeron un puente que Retasket había construido para llevar a su familia al otro lado del arroyo.

“Esto ha cambiado tanto que no lo reconocería si no lo hubiera recorrido unas cuantas veces”, asegura, de pie sobre una elevación de la tierra que no estaba allí hace solo unos meses. “Esto estaba tal vez a tres o cinco metros de profundidad”, dice.

Me da mucha pena por la cerca. “Puse cada uno los postes para esa cerca. Los subí por la montaña y los puse, alrededor de toda la propiedad. Para algunos postes tardé todo un día en cavar los hoyos debido a la dureza del terreno”.

El grito de los árboles

El efecto de los incendios sumado al de los aludes le ha impedido hacer casi todas sus labores agrícolas y buena parte de su tiempo, energía y dinero los ha dedicado a construir defensas para futuros aludes e incendios.

El recuerdo de los incendios de 2017, que llegaron a pocos cientos de metros de su casa, quedó grabado en su mente. Recuerda cuando unos 450 bomberos estaban trabajando en el bosque cercano e iniciaron intencionalmente un incendio para quemar en la dirección opuesta al fuego que avanza, a fin de alejar las llamas de su granja y llevarlo hacia la montaña.

«Podías sentir el calor. Porque todos esos árboles estaban ardiendo. Y se podía oír el grito de los árboles», agrega, haciendo un silbido agudo. “Eran la humedad y la resina que salían”.

Retasket también fabrica y vende tambores tradicionales y da cursos sobre su fabricación en una facultad cercana. Pero perdió gran parte de esos ingresos cuando fue evacuado en 2017 a causa de los incendios. Recibió un pequeño subsidio de la Cruz Roja Canadiense como parte de su apoyo a las pequeñas empresas afectadas por los incendios forestales. Esos fondos, junto con sus propios ahorros, le permitieron  hacer frente a la situación.

Construyó un dique elevado y cavó canales para dirigir el agua que podría provenir de nuevos aludes e inundaciones, y construyó un galpón  para guardar material de extinción de incendios como bombas, extintores, generadores y mangueras. También mantiene algunas bombas y mangueras cerca del arroyo, en caso de urgencia, y ha amontonado sacos de arena alrededor del pozo.

“Tal vez mi actitud con respecto al fuego es exagerada», dice. «Pero si esto se llegara a quemar, mis hijos se quedarían sin nada».

Mientras tanto, la familia vive en un permanente estado de emergencia. “Tenemos el congelador y la nevera llenos. Porque si tenemos que ser evacuados, o nos quedamos aislados por los aludes, no queremos que nos falte nada. Tenemos el equipo de extinción de incendios listo para funcionar. En cierto modo, es bueno estar preparado, pero emocionalmente es difícil. No deberíamos tener que pensar en esto todo el tiempo”

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