Clima de guerra

Clima de guerra

¿Llevará el calentamiento del planeta a un mundo más violento? ¿O continuará simplemente causando más sufrimiento a las personas que viven en medio de un conflicto?

Mucho antes de que Yemen se sumiera en el conflicto que muchos han calificado de la peor crisis humanitaria del mundo, el agua ya había comenzado a escasear en la capital del país, Saná.

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Mucho antes de que Yemen se sumiera en el conflicto que muchos han calificado de la peor crisis humanitaria del mundo, el agua ya había comenzado a escasear en la capital del país, Saná.

Las autoridades nacionales en la materia y una multitud de actores internacionales  del ámbito del desarrollo habían advertido de que, si no se tomaban medidas urgentes, los recursos hídricos de la cuenca de Saná podían desaparecer. Según se establece en un informe, los 4,2 millones de habitantes de la capital podían convertirse para 2025 en “refugiados del agua”.

Disminución a largo plazo de las precipitaciones. Población creciente. Aumento de cultivos intensivos que necesitan agua. Mala gestión de los recursos hídricos y sistemas de suministro de agua ineficaces. Todos estos factores han contribuido a reducir de tres a cuatro metros por año las capas freáticas situadas debajo de la ciudad.

Antes de la guerra, numerosas organizaciones internacionales colaboraron con el Gobierno yemení en planes ambiciosos de varios millones de dólares, destinados a reducir el uso agrícola del agua, mejorar el acopio y reducir su despilfarro  en los sistemas urbanos.

Hoy, el desarrollo sostenible casi no se menciona, solo se hacen llamamientos urgentes en favor de la acción humanitaria: hambruna inminente causada por la sequía y el conflicto; brote de cólera; un número elevado de víctimas mortales a diario; ciudades sitiadas; malnutrición; cortapisas a la ayuda humanitaria; y cortes de luz que permiten a la población bombear agua solo unas pocas horas al día.

“La economía está en caída libre, por lo tanto, para mantenerse, la gente se ha dedicado a los cultivos que necesitan mucha agua, lo que agota aún más las capas freáticas”, sostiene Johannes Bruwer, ingeniero hidráulico que ha trabajado en Yemen durante muchos años, donde hoy es jefe de la delegación del CICR. “Son las condiciones perfectas para que se generen problemas de abastecimiento de agua a largo plazo”.

Junto con la escasez de combustible, que encarece la producción de agua y el transporte de mercancías, la escasez de agua perjudica a una parte esencial de la economía yemení. “Ya no se puede trabajar en la agricultura como antes”, asegura Moosa Elayah, investigador yemení del Centro para Cuestiones de Desarrollo Internacional en Nijmegen (Países Bajos). “Los precios de los alimentos no están al alcance de nadie”.

Incluso a los países más desarrollados en tiempos de paz les es difícil enfrentar estos problemas. Pero la guerra en Yemen ha  hecho descartar toda solución sostenible.

“Estamos enfrentando el hambre en muchas partes del país y creo que la situación empeorará con el cambio climático”, sentencia Elayah.

Un arma de doble filo

Yemen no es el único caso. En Oriente Medio y otras regiones afectadas gravemente por el conflicto y el cambio climático se dan  situaciones similares. Pautas  meteorológicas imprevisibles, como las olas de calor, las sequías y las inundaciones, agravan la ya terrible situación de las personas que viven bajo asedio, que han sido desplazadas por el conflicto, forzadas a la migración, detenidas o que viven en ciudades que acogen ingentes cantidades de desplazados.

Se trata de un arma de doble filo: mientras a los habitantes les cuesta cada vez más hacer frente a las vicisitudes de la guerra a causa del cambio climático, el conflicto impide que la gente se adapte a este.

“La vulnerabilidad al cambio climático es particularmente elevada en las zonas donde hay un conflicto”, sostiene Maarten van Aalst, director del Centro de las organizaciones de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja sobre cambio climático en La Haya (Países Bajos). “Las perturbaciones relacionadas con el clima tienen un efecto mucho mayor en los agricultores en una zona de conflicto que en un lugar donde la economía es estable y diversificada, pues disponen de seguros para las cosechas, subsidios y sistemas de seguridad social”.

En los países donde hay un conflicto, las redes de seguridad para los agricultores suelen evaporarse justo cuando el cambio climático hace que el medio ambiente dificulte aún más la agricultura, hace notar Michael Mason, director del Centro para Oriente Medio de la London School of Economics and Political Science. Las precipitaciones disminuyen mientras las temperaturas del suelo aumentan. El problema es que a medida que suben las temperaturas, los cultivos alimentarios necesitan más agua para crecer.

“Existen medios tecnológicos para contrarrestar los efectos basados en la temperatura y las precipitaciones en la agricultura”, señala Mason. “Pero muchos países de la región carecen del desarrollo económico y la estabilidad política para invertir en esas soluciones”.

Mason y otros expertos advierten que es importante no achacar al cambio climático los problemas de agua de la región. Los sistemas de suministro de agua deficientes y obsoletos, el bombeo excesivo de agua de los acuíferos, la contaminación de las fuentes existentes a causa de las aguas residuales o la escorrentía agrícola son solo algunos de los factores que influyen mucho más en la disponibilidad  de agua.

Pautas en constante cambio

El cambio climático también significa que, en muchas zonas de conflicto, las pautas meteorológicas son menos estables. En la árida región del lago Chad, por ejemplo, ha subido la temperatura y hay más sequía desde hace algún tiempo, mientras las lluvias estacionales ya no vienen cuando se las espera. Cuando ocurren, son más intensas, por lo que el agua  tiende a permanecer en la superficie en lugar de penetrar en la tierra y recargar los acuíferos. Por otra parte, los períodos secos se vuelven más largos.

“Si no hubiera conflictos, la población podría sobrellevar mejor la situación cuando las lluvias no llegan a tiempo”, observa Janani Vivekananda, investigadora de Adelphi, un grupo de expertos con sede en Berlín encargado por la Unión Europea de estudiar los riesgos de inseguridad relacionados con el  cambio climático.

“Antes, si se perdían las cosechas, el propietario podía aceptar que el agricultor pagara después de la cosecha siguiente. Hoy, muchas tierras son inaccesibles debido a los combates y los propietarios ya no pueden esperar que se les dé el dinero después. Por lo tanto, los agricultores tienen que pagar incluso cuando se pierde la cosecha. Pero, ¿cómo lo van a hacer?

En algunas zonas, los sistemas tradicionales de solución de diferencias ya no funcionan, y las normas consuetudinarias sobre quién puede pescar o  cultivar dónde y cuándo tampoco rigen, explica Vivekananda.

Según los informes que Adelphi proporcionó a la Unión Europea, para sobrevivir a los tiempos difíciles, las personas a veces talan los bosques para producir carbón, ofrecen sexo a cambio de alimentos o se enrolan en los grupos armados.

El cambio climático también está acentuando otra característica típica de muchos conflictos armados:  la lucha por el control de los recursos naturales. Si bien los recursos a menudo no son la causa principal de los enfrentamientos, la lucha por controlar los escasos recursos puede exacerbar un conflicto o incidir considerablemente en la dinámica de los combates.

En muchas zonas afectadas por el cambio climático y los conflictos, un rasgo común ha sido la competencia por la tierra cultivable y el agua, ya que las tensiones se convierten a veces en violencia entre quienes necesitan tierra y agua para cultivar y quienes las necesitan para criar ganado. Causan esas tensiones no solo las pautas meteorológicas, sino también otras dinámicas como el desplazamiento, la intrusión de la guerra en las áreas tradicionales de cultivo y pastoreo u otras presiones.

En Yemen, las disputas por el agua y la tierra han sido parte del panorama político durante siglos y, según numerosos informes y expertos entrevistados para este artículo, a medida que el agua escasea, esos conflictos están aumentando. Si bien muchas de estas luchas locales por el agua son escaramuzas relativamente pequeñas en la periferia del conflicto más amplio, muchos expertos consideran que los recursos cada vez más reducidos del país son un terreno fértil para el agravamiento del conflicto actual o la creación de uno  futuro.

Ante estas dinámicas, a algunos les preocupa  que los conflictos vayan empeorando en los lugares más afectados por el cambio climático y donde los mecanismos de defensa de la comunidad o el gobierno son débiles, especialmente dadas las graves advertencias emitidas este año por los principales grupos de científicos como el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (véase página 5). Aun así, los expertos en seguridad no logran llegar a un consenso acerca de si los problemas climáticos han contribuido, o contribuirán considerablemente, a generar conflictos (véase en www.rcrcmagazine.org: Clima de guerra).

Sin embargo, en general se reconoce que a causa del cambio climático las personas que viven en lugares donde hay un conflicto serán todavía más pobres. En una serie de informes de 2018, los científicos especializados en el clima vaticinan que el calentamiento de la atmósfera junto con el cambio climático tendrá consecuencias particularmente graves para lugares como Medio Oriente, África del Norte y el Sahel, donde el aumento de la temperatura está superando el promedio mundial.

Otro estudio reciente publicado en la revista Nature Climate Change fue aun más lejos y pronosticó que, si no se toman medidas drásticas para reducir los gases de efecto invernadero, es probable que las temperaturas máximas en la región cercana al Golfo Pérsico alcancen y superen un umbral crítico por encima del cual el cuerpo humano no puede sobrevivir.

Para las organizaciones humanitarias, ha llegado la hora de hacer una profunda reflexión: cómo debemos prepararnos para un futuro en el cual muchos de los lugares donde trabajamos registran temperaturas más elevadas y un clima más seco y son más vulnerables a fenómenos como inundaciones, tormentas de arena, olas de calor y sequías. ¿Debe la intervención humanitaria en situaciones de conflicto adaptarse al cambio climático?

“La respuesta humanitaria tiende a ser a corto plazo y [las organizaciones humanitarias] a menudo no piensan en todo el impacto ambiental que pueden tener sus intervenciones”, asegura Vivekananda de Adelphi.

La investigadora cita un ejemplo reciente en la región del lago Chad. “[Las organizaciones humanitarias] proporcionaron una gran cantidad de alimentos, pero no distribuyeron combustible para cocinarlos, lo que llevó a una deforestación masiva por parte de los beneficiarios que intentaban conseguir fuentes de combustible. Se produjo, a su vez, una degradación del paisaje y se acentuó la desertificación, exponiendo a la gente aún más a las tormentas de arena y las inundaciones”.

Del mismo modo, la respuesta, muchas veces automática, de perforar más pozos para satisfacer la necesidad urgente de agua durante las emergencias acarrea también no pocas consecuencias, observa Michael Talhami, asesor del CICR en política urbana que ha trabajado durante años en Oriente Medio.

“Hoy nuestra política es perforar pozos solamente si podemos justificarlo en función de un estudio hidrológico local y si estamos seguros de que ello no causará daños irreparables a las capas freáticas del lugar”, señala Talhami, y agrega que la perforación de más pozos en las zonas con escasez de agua puede implicar que otros pozos y manantiales se sequen o que se contamine la fuente de agua. “Está claro que, en situación de conflicto, a menudo es difícil, cuando no imposible, realizar estudios hidrológicos meticulosos”.

En Yemen, este problema fue evidente. “Normalmente, la perforación de un pozo requiere un permiso y un estudio para no agotar el acuífero”, dice Bruwer. “En Yemen se ha pasado olímpicamente por encima de esta norma y las personas perforan pozos a diestra y siniestra”.

En consecuencia, no solo ha disminuido el nivel freático, sino que, en algunas partes del país, se ha contaminado el agua que se suministra. A medida que se bombea más agua dulce, el agua salada del océano se filtra lentamente e inutiliza  muchos pozos.

Parte de esta perforación excesiva la realizaron organizaciones humanitarias que tenían buenas intenciones, pero gran parte viene de mucho antes, cuando Yemen empezó a industrializarse en la década de 1970 y la población, los agricultores y las empresas compraron sus propias bombas de agua. Las antiguas normas consuetudinarias que aplicaban imanes y líderes locales cayeron en desuso.

Hoy, cuando el conflicto aumenta el estado de anarquía,  “tomamos la decisión consciente de reforzar sistemáticamente el papel de las autoridades encargadas del agua y trabajar en soluciones sostenibles”, explica Bruwer.

Empujar el cambio

En este caso, el cambio climático reforzó un enfoque que evolucionó durante las últimas dos décadas a medida que el conflicto se prolongaba y se urbanizaba: trabajar con las autoridades locales encargadas del agua para reparar, mejorar o reemplazar bombas, tuberías, estaciones intermedias de bombeo y plantas para el tratamiento de aguas residuales.

El cambio climático también es un factor importante en los llamamientos de planificación y financiación plurianual para que las organizaciones internacionales y locales puedan acompañar a las comunidades durante períodos más largos a fin de encontrar soluciones más duraderas para sistemas urbanos muy complejos e interconectados.

A nivel mundial, el cambio climático “es un factor que obliga a reexaminar la forma en que intervienen los grupos de ayuda”, observa Talhami. “Hasta ahora lo que hemos hecho es reaccionar. Ahora necesitamos reflexionar a más largo plazo”.

Pero ¿qué tipo de reflexión a largo plazo se precisa exactamente? Para Talhami, un elemento clave es “no hacer daño”, un principio humanitario esencial que debe aplicarse tanto en situaciones de emergencia como en crisis prolongadas. A fin de hallar otras formas de intervenir, el Centro de las organizaciones de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja sobre cambio climático y el CICR organizarán en 2019 una serie de mesas redondas centradas en el cambio climático y los conflictos. Al reunir a especialistas e investigadores, su objetivo es comprender mejor y quizás lograr algún consenso sobre la mejor manera de seguir avanzando.

Una gota de agua en el océano

Dado el amplio efecto que tienen el cambio climático y los conflictos en los sistemas de suministro de agua, las fuentes de energía, la agricultura, la gobernanza, el comercio, la salud y el transporte, cualquier solución importante requerirá una inversión global, masiva y a largo plazo. Deberán participar todos los actores (entre ellos los bancos de desarrollo, los organismos gubernamentales internacionales, los gobiernos nacionales, y las organizaciones comunitarias).

En este contexto, la contribución del sector humanitario probablemente solo sea  una gota de agua en el océano: un aporte importantísimo, dado que proporciona una red de seguridad fundamental   para las personas más vulnerables, pero bastante pequeño en comparación con la inversión general que se precisaría.

Algunos de los mayores aportes financieros están vinculados al acuerdo de París sobre el clima, en virtud del cual las naciones desarrolladas se comprometen a ayudar a las naciones menos desarrolladas en los esfuerzos de mitigación y adaptación mediante diversos mecanismos internacionales de financiación. Otros a la reconstrucción de la infraestructura posterior al conflicto. Por ejemplo, en una conferencia celebrada en París en abril de este año, los países donantes prometieron 11.000 millones de dólares en préstamos de bajo interés para Líbano, cerca de la mitad de los cuales están destinados a la modernización de una  infraestructura obsoleta (agua y saneamiento, energía y transporte).

La forma en que se gasten estos aportes podría tener consecuencias importantes en lo que respecta a fortalecer la resiliencia de los servicios esenciales y las comunidades ante conflictos y trastornos climáticos futuros. ¿Se utilizará este dinero para reconstruir de manera más resiliente teniendo en cuenta la experiencia de los trabajadores humanitarios? ¿O se reconstruirá siguiendo un modelo hipercentralizado, que pone en peligro la continuidad de un servicio esencial en caso de que parte del sistema se dañe? (véase recuadro Forjar la resiliencia).

Para Mawanda Shaban, asesor de políticas y resiliencia del Centro sobre cambio climático, un primer paso fundamental es simplemente incluir el cambio climático en el orden del día en lugares donde las personas hablan de conflictos, y viceversa. Hasta la fecha, en las plataformas regionales y mundiales relativas a la seguridad, el medio ambiente y la reducción del riesgo de desastres, no quedan bien vinculados estos dos temas.

“Algo se ha avanzado en este debate”, observa Shaban, que logró llevar estos temas a la mesa de la reunión arabo-africana sobre la reducción del riesgo de desastres a principios de este año. “No se ha hecho lo mismo a nivel mundial, pero lo estamos intentando”.

A medida que se vaya desarrollando este debate, un tema espinoso será el de mantener el cumplimiento de importantes principios humanitarios, como el de independencia y neutralidad, si las organizaciones humanitarias van a desempeñar un papel mayor con asociados del programa para el desarrollo sostenible. En muchos contextos, los esfuerzos de reconstrucción y recuperación temprana pueden estar vinculados a  fuerzas políticas y económicas que tienen intereses en el conflicto. ¿La colaboración estrecha con actores del sector del desarrollo, organismos de las Naciones Unidas, Estados o coaliciones de Estados puede inducir a otros a que cuestionen la imparcialidad y las motivaciones de las organizaciones humanitarias?

Sin embargo, los trabajadores humanitarios conocen este tema y entienden que la dinámica existente entre cambio climático y conflicto probablemente se convierta en un asunto cada vez más urgente a medida que las temperaturas continúen subiendo y los conflictos se prolonguen.

“Las temperaturas van aumentado, pero a un ritmo lento —dice Bruwer, del CICR— por lo que las personas no siempre notan los cambios. Pero es muy importante que nos mantengamos atentos para poder seguir adaptándonos y actuar antes de que sea demasiado tarde”.

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