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Humanidad en un pueblo abandonado por la migración

Entre casas, calles y escuelas, la migración en Quetzaltenango, Guatemala, ha dejado comunidades casi vacías, mientras adultos, niños y adolescentes emprenden un riesgoso viaje en busca de un futuro mejor.

La aldea de Chuicavioc, al pie del volcán Santa María en Guatemala, parecía un pueblo fantasma. Las casas y las calles estaban vacías, y solo de vez en cuando se veía a una o dos personas caminando. El resto de los habitantes del lugar había decidido migrar, en busca de una vida mejor. Entre ellos, muchos jóvenes, niños y niñas que dejaron sus hogares y sus familias en busca de oportunidades fuera de Guatemala.

“La migración, sobre todo de un adolescente, es un problema que afecta a toda la familia”, explica Silvia Escobar, Directora del Instituto Nacional de educación básica de telesecundaria de la aldea Chuicavioc. Para ella, quien a diario trabaja con jóvenes de la comunidad, el fenómeno de la migración ha incrementado en los últimos años, especialmente en los casos de adolescentes que deciden emprender su viaje. “De todos los varones que estudiaban en esta promoción escolar, sólo uno se graduó”, comenta.

Pero, ¿qué pasa con quienes aún permanecen en la comunidad? «No todos tienen esta oportunidad de migrar, de alcanzar ese sueño», comenta Susana López, vecina de la comunidad. «Cuando logran pasar, es una felicidad para la familia porque les cambia la vida. Los hijos tienen mejores oportunidades para estudiar. En cambio, cuando no logran cruzar, muchos pierden su casa, su terreno, o se quedan sin nada porque deben pagar la deuda que adquirieron para viajar a Estados Unidos».

Juan Poyón, voluntario de Cruz Roja Guatemalteca, visita regularmente la aldea Chuicavioc para ayudar a quienes han decidido quedarse. Para él, sensibilizar a la población sobre los riesgos de la migración es fundamental. Sin embargo, para las personas que permanecen en la comunidad, la atención que se brinda está enfocada en fortalecer la resiliencia comunitaria a través de proyectos de salud, apoyo a escuelas y el establecimiento de comisiones de salud.

El apoyo que brinda la Cruz Roja Guatemalteca a personas adultas, jóvenes, niños y niñas a pocos kilómetros de la frontera con México es vital. Desde agua, alimentos e información hasta proporcionar un espacio seguro para niñez migrante no acompañada que retornan desde la frontera mexicana.

Support on the way

Uno de los lugares donde la Cruz Roja Guatemalteca apoya a la población migrante es en el albergue “Casa Nuestras Raíces» en Quetzaltenango, la segunda ciudad más grande del país situada a unos 120 kilómetros de la frontera con México. Este refugio recibe a niños y adolescentes no acompañados mayores de 12 años, que retornan a Guatemala desde la frontera con México. «Durante la semana recibimos alrededor de 50, 60 y hasta 100 niños», indica Amira Lucero, administradora de Cruz Roja Guatemalteca, Delegación Quetzaltenango. Allí, los voluntarios junto a la Secretaría de Bienestar Social trabajan para brindarles estabilidad emocional y ayudarles a recuperarse de las dificultades enfrentadas en su camino.

Pero la labor de Cruz Roja no se limita a este hogar. A lo largo de toda la ruta migratoria de Centroamérica, el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja ha establecido diferentes puntos de servicio humanitario para apoyar a migrantes en camino. En estos puestos «podemos encontrar información general que puede ayudar a las personas que toman la decisión de migrar, para sepan a quién abocarse o a quién acudir en cualquier situación de riesgo», explica Amira. Asimismo, las personas migrantes reciben agua y alimentos, y se ponen a disposición estaciones de carga para teléfonos móviles o acceso a llamadas telefónicas para que puedan notificar a sus familiares en casa que están bien.

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Esta historia fue producida por Fernando Escobar,
un talentoso storyteller de Cruz Roja Guatemalteca.

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