Prepararse para un largo trayecto

Ilustración: Jonathan Williams

Prepararse para un largo trayecto

Los donantes y las organizaciones humanitarias coinciden en que las personas afectadas por desastres naturales o atrapadas en un conflicto prolongado necesitan un apoyo a largo plazo más estable.

En Muchas de las emergencias actuales, los socorristas no se limitan solo a salvar vidas. Año tras año se encuentran en los mismos lugares prestando servicios sociales y de salud, ocupándose del funcionamiento de las escuelas, manteniendo los sistemas de saneamiento y suministro de agua y ayudando a la población en las zonas de guerra a sobrellevar continuamente situaciones traumatizantes.

A pesar de las múltiples actividades que realizan las organizaciones humanitarias en las crisis actuales, los organismos y donantes que apoyan su labor han trazado históricamente una clara división entre lo que consideran las necesidades de emergencia y la ayuda a largo plazo. El problema está en que en las crisis prolongadas y los desastres naturales recurrentes de hoy, el “largo plazo” y el carácter de “emergencia” se confunden cada vez más.

Esto es particularmente cierto en Siria, donde la guerra está ya en su sexto año. “Ha sido una llamada de atención para la comunidad humanitaria”, advierte Julia Betts, consultora independiente que efectuó recientemente una evaluación de la asistencia humanitaria que ha proporcionado Noruega a Siria. “Las crisis prolongadas exigen realmente intervenciones combinadas. El problema es que los flujos de financiación no se establecieron para eso”.

La magnitud de la crisis siria y las consecuencias que han tenido los refugiados en los países de acogida han creado una conciencia de la necesidad de realizar intervenciones combinadas en las que participan actores humanitarios y de desarrollo o que permiten una financiación a largo plazo para la labor humanitaria.

“¿En qué momento decimos: aceptamos que va a ser así en los próximos cinco años y vamos a adaptarnos a eso?”, pregunta Betts. “Esto tendrá enormes consecuencias para el personal, los recursos y los costos”.

Es una de las razones por las que la Federación Internacional, en respuesta a los conflictos armados de larga duración, el cambio climático y los brotes de enfermedades transmisibles, estableció por primera vez un presupuesto quinquenal (2016-2020). La prioridad  ahora es obtener fondos para la emergencia a largo plazo y la labor de desarrollo.

Con demasiada frecuencia, dice Ivana Mrdja, funcionaria principal del Departamento de Desarrollo de Recursos y Asociaciones de la Federación Internacional, en Ginebra, los donantes siguen encarando la labor humanitaria y la de desarrollo como si pertenecieran a casilleros muy distintos. Mrdja describe el dilema de la Cruz Roja y la Media Luna Roja cuando solicita fondos a los donantes para los centros de salud, los sistemas de agua y saneamiento o la reducción del riesgo de desastres —toda la gama de actividades relacionadas con la resiliencia— en lugares donde los conflictos persisten durante años o décadas.

“Es cuando se nota realmente la diferencia”, dice Mrdja, precisando que para las crisis que tienen difusión en los medios, la Federación Internacional puede, en general, captar fondos para los programas a más largo plazo y el fortalecimiento de la capacidad de las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Pero es mucho más difícil conseguir algo para situaciones como las de la República Centroafricana, la República Democrática del Congo y otras que no ocupan los titulares.

El Gran Pacto

¿Si se redujera la diferencia entre la financiación de la ayuda humanitaria y la del desarrollo se podría aumentar la parte que le toca a las intervenciones humanitarias de cada vez más largo plazo? En el reciente informe de Naciones Unidas sobre financiación humanitaria se calcula que el déficit de fondos para la acción humanitaria en 2015 se eleva a 15.000 millones de dólares.

A modo de comparación, el total de la ayuda humanitaria procedente de los donantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ese mismo año fue de 13.600 millones de dólares, a pesar de un incremento del 11%. Será una tarea difícil eliminar la diferencia debido a la afluencia de refugiados a Europa, sobre todo porque muchos donantes, como Dinamarca, Alemania y Suecia, están utilizando una proporción cada vez mayor de la ayuda que prestan para cubrir el alojamiento y otros servicios para los solicitantes de asilo en el país.

Pero no solo se necesita más dinero. Según expertos del sector de la ayuda humanitaria, el sistema humanitario también tiene que ser más eficaz, eficiente y transparente. Para hacer frente a las carencias, el Gran Pacto acordado en la Cumbre Humanitaria Mundial (véase página 8) prevé 50 compromisos para mejorar el sistema humanitario mundial. A cambio de una mayor transparencia y rendición de cuentas por parte de los actores humanitarios, los donantes acordaron, entre otras cosas, proporcionar más fondos plurianuales.

En cierto modo, el Gran Pacto formaliza un procedimiento al que algunos donantes ya han comenzado a ajustarse. La agencia de ayuda sueca Sida, por ejemplo, ha tratado de dirigir los flujos de fondos para el desarrollo hacia lo que Peter Lundberg, director de la asistencia humanitaria en Sida, denomina las “zonas grises” entre el desarrollo y la ayuda humanitaria. “Estamos lidiando con estos temas”, dice Lundberg. “Es importante encontrar la forma de aliviar un poco la presión sobre el presupuesto humanitario, teniendo muy en cuenta los principios humanitarios fundamentales”.

La nueva estrategia quinquenal que trazó Suecia sobre Siria ilustra perfectamente lo anterior. Se trata de una visión integral, que preconiza la coordinación entre el desarrollo y los esfuerzos humanitarios y pone en guardia sobre la creación de estructuras paralelas. También establece que las actividades de desarrollo deben respetar los principios humanitarios de neutralidad e imparcialidad. El objetivo principal es “fortalecer la resiliencia de la población siria”, comenta Lundberg, y la estrategia es muy clara: la ayudaal desarrollo debe complementar y no eclipsar la ayuda humanitaria.

“La financiación del desarrollo se está expandiendo en la zona gris y esto se ha conseguido con todo el debate sobre la resiliencia. Creo que esto continuará”, precisa.

Bjorn Amland y Ann Danaiya Usher

Bjorn Amland es redactor responsable de Development Today, un periódico mensual que aborda la cuestión de la financiación del desarrollo, que se edita en Noruega. Ann Danaiya Usher es redactora de Development Today.

Bonos humanitarios

Para ampliar su base de financiación general y conseguir fondos más previsibles de largo plazo, las organizaciones de ayuda han recurrido a otros instrumentos financieros innovadores, que ofrecen una nueva manera para que los donantes con conciencia social inviertan en el trabajo humanitario a largo plazo. En mayo de este año, por ejemplo, el CICR y el Gobierno de Bélgica emitieron el primer bono de efecto humanitario: los inversionistas compran bonos emitidos por el gobierno que sirven para financiar la labor humanitaria. Los países donantes tradicionales (como Bélgica) pagan (con intereses) a los inversionistas siempre y cuando los auditores independientes determinen que el trabajo financiado por el bono ha tenido el efecto prometido. Esto reduce los riesgos para los donantes gubernamentales, ya que solo pagan si el proyecto tiene éxito. El primer bono de efecto humanitario del CICR financiará proyectos de rehabilitación física para personas que han sufrido amputaciones durante un conflicto, por lo general debido a explosiones de minas, bombas de carretera o municiones sin explotar. “Los conflictos prolongados se han convertido en la norma”, dice Chris Greenwood, jefe de la Unidad de Filantropía y Mecenazgo del CICR.

At an ICRC orthopaedic centre in Mazar-i-Sharif, Afghanistan, 85 per cent of the employees are former patients who then take on the task of helping others overcome their injuries. Photo: Andrew Quilty/ICRC

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