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De voluntaria a maestra

Souad encuentra un nuevo camino después de perderlo todo

En la jerga de las organizaciones humanitarias, una «persona desplazada» es la que se ha visto obligada a huir de una parte de su país a otra.

Pero esta terminología oculta la cruda realidad que enfrentan estas personas en un país desgarrado por el conflicto.

En Yemen, alrededor de 4 millones de personas han perdido su hogar y sus pertenencias en los últimos siete años, obligadas a desplazarse para encontrar zonas más seguras en un esfuerzo por sobrevivir.

Una de ellas es Souad. Junto con sus cuatro hijos y su marido, Souad abandonó su pueblo en Rayma para dirigirse a la capital, Saná, y luego a un campamento de «desplazados» en Ma’rib.

«La guerra nos obligó a abandonar nuestro hogar e ir a un campamento de desplazados, donde tuvimos que sobrellevar solos el dolor y el sufrimiento», dice Souad, cuya historia revela otra importante realidad: ni siquiera las personas que se enfrentan a tremendas dificultades pueden definirse simplemente con etiquetas o categorías como «persona desplazada» o «víctima de guerra».

A decir verdad, el caso de Souad nos muestra que hasta las personas que viven en campamentos de desplazados son mucho más que eso. La historia que Souad nos cuenta una tarde, no hace mucho tiempo, en su pequeño alojamiento, añade palabras como madre, padre, voluntario, maestra, estudiante y superviviente.

«A medida que la guerra continuaba y se agravaba, muchas personas, como yo, optaron por abandonar su hogar y huir a gobernaciones que no conocían. Al tratar de evitar las dificultades de la guerra, nos encontramos en una situación insostenible, obligados a desplazarnos continuamente entre las distintas regiones de Yemen. Ahora estamos instalados en el campamento de Al-Jafinah, viviendo en condiciones precarias».

Casi 4 millones de personas han perdido su hogar desde que estalló la guerra en Yemen, y se han visto obligadas a huir y encontrar seguridad en otro lugar del país. Souad y sus cuatro hijos son algunos de los muchos «desplazados» que luchan por salir adelante en el campamento de Al-Jafinah, en la gobernación de Ma’rib.

Hay pocos lugares donde la gente puede hallar socorro. Los servicios básicos del país han colapsado, dejando a millones de personas en una situación desastrosa. El país se enfrenta hoy a la mayor emergencia de seguridad alimentaria del mundo, con 20 millones de personas –el 66% de la población del país– que precisan asistencia humanitaria.

«Al principio, no soportaba vivir en la tienda. Estaba vacía: solo unas mantas y colchones en el suelo. A mi familia y a mí la vida diaria nos pareció terriblemente dura en todos sus aspectos, especialmente porque nos faltaba lo básico. Vivir en este campamento fue una prueba terrible para mí. Nunca me imaginé que viviría en un lugar así».

» El día se nos iba tratando de cubrir las necesidades básicas de la vida. Nuestra situación mejoró cuando mi marido encontró un trabajo.

«Pero cuando la pandemia de coronavirus llegó a Yemen, surgieron nuevos obstáculos. Nuestras vidas se vieron dominadas por el miedo y la ansiedad constantes especialmente debido a lo difícil que era conseguir agua limpia y aplicar medidas de cuarentena y distanciamiento social.

«Y esta crisis afectó de lleno a mi familia, llevándose a mi marido y poniéndome ante una situación que jamás pensé que me tocaría vivir. Resultó que llegar al campamento de desplazados no fue lo más duro de la historia. Cuando me faltó mi pareja, tuve que asumir el papel de padre y madre a la vez».

Souad llegó a este campamento de desplazados con su marido y sus cuatro hijos. «Llegar al campamento no fue lo más duro de la historia», dice Souad, cuyo marido murió poco después de llegar . «Cuando me faltó mi pareja, tuve que asumir el papel de madre y padre a la vez».

Se abre una nueva puerta

Souad no tenía espacio siquiera para expresar su pena. Todos sus esfuerzos se concentraban en asegurar la supervivencia de sus hijos.

La oportunidad de ser voluntaria de la Media Luna Roja de Yemen le ayudó a aliviar la carga que suponían las responsabilidades que se le sumaron tras la muerte de su marido. Aquí la Media Luna Roja asistió, en el primer semestre de 2021, a millones de personas desplazadas aunque las necesidades siguen siendo inmensas.

«Un mes antes de que muriera mi marido, me enteré, a través de los voluntarios de la Media Luna Roja que distribuían asistencia humanitaria a los desplazados, de que la Sociedad Nacional tenía una vacante para realizar encuestas sobre el terreno. Así que me uní a ellos y pasé a formar parte de los equipos de la Media Luna Roja de Yemen».

Souad siguió haciendo todo lo posible por encontrar un trabajo que le asegurara lo esencial, como comida y agua potable para sus hijos.

«No me importaban las dificultades a las que nos enfrentábamos mis hijos y yo, la inseguridad que soportábamos como desplazados, ni siquiera las lluvias e inundaciones. Mi única preocupación era encontrar un trabajo».

Finalmente, Souad tuvo la oportunidad de trabajar como maestra de primaria en la escuela de Al Thawra, cerca del campamento.

«Me convertí en maestra de primaria gracias al apoyo que, en su momento, recibí de mi padre para seguir estudiando incluso después de tener hijos. Nunca pensé que un día mis estudios nos salvarían la vida a mi familia y a mí».

«No pararíamos nunca de contar la lucha que supone vivir como desplazados . No se trata solo de proporcionar agua y alimentos, sino también de lidiar con el frío y el mal tiempo en frágiles tiendas de campaña. También está el miedo a las enfermedades y epidemias que no cesan de propagarse».

“Tenemos que encontrar el camino para construir una nueva forma de vida cada vez que surgen circunstancias difíciles que destruyen lo que hemos construido».

Souad llegó a este campamento de desplazados con su marido y sus cuatro hijos. «Llegar al campamento no fue lo más duro de la historia», dice Souad, cuyo marido murió poco después de llegar . «Cuando me faltó mi pareja, tuve que asumir el papel de madre y padre a la vez».

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