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“Quiero que vivan una vida plena”

Un visionario y un grupo de padres que comparten sus ideas trabajan juntos para dar a los niños con discapacidad la mejor oportunidad de tener una vida plena y feliz.

Para los padres de niños con discapacidad mental o física, a menudo es muy difícil encontrar el tipo de educación y experiencias de aprendizaje adecuadas que ayuden a sus hijos a tener la mejor oportunidad de lograr una vida plena y feliz.

Es lo que sucedió a Abdumalik, que no tenía ningún lugar al que acudir cuando se dio cuenta de que su hijo, Ilgiz, tenía síndrome de Down. En Talas, una ciudad un tanto remota en el oeste de Kirguistán, no había escuelas ni centros educativos para niños con graves discapacidades físicas o mentales.

«Cuando quisimos enviar a nuestro hijo a la guardería, los jardines de infantes comunes no lo aceptaban», recuerda Abdumalik. «Así que reuní a los padres que vivían la misma situación y organizamos juntos este centro».

El centro del que habla se conoce localmente como Tenir-Koldoo, un modesto edificio de una sola planta en el que los niños de 3 a 16 años que sufren de síndrome de Down, autismo, parálisis cerebral o retraso mental adquieren una amplia gama de conocimientos básicos para desenvolverse en la vida, además de practicar artes, deportes, escritura, juegos y muchas cosas más. El centro se construyó en 2009 con el apoyo de la Media Luna Roja de Kirguistán.

El centro Tenir-Koldoo para niños discapacitados tiene por objetivo ofrecerles la oportunidad de tener una vida plena y feliz. «Mi hijo Ilgiz tiene ahora 15 años», cuenta su padre Abdumalik. «Estudia en nuestro centro.  Ahora habla bien, sabe leer y escribir. Le encanta jugar al fútbol o en la computadora».

En un día normal en Tenir-Koldoo, se ve a los alumnos inclinados sobre sus cuadernos trabajando en las tareas de escritura. O jugando con marionetas en la sala de juegos, o tirando al arco en la pequeña zona exterior destinada al fútbol y otros deportes. O trabajando en una computadora.

«Mi hijo tiene ahora 15 años», dice Abdumalik. «Estudia en nuestro centro. Ahora habla bien. Sabe escribir y leer. Le encanta jugar al fútbol o en la computadora».

Gracias al centro, los alumnos son mucho más independientes. Pueden vestirse, hacer las tareas domésticas, preparar la comida, leer y escribir y, en general, cuidar de sí mismos. Y lo que es igual de importante, aprenden a expresarse mediante la escritura, el arte y la música.

En la mayoría de los aspectos, Tenir-Koldoo es como cualquier otra pequeña escuela local. Los alumnos como Diana, de 13 años, llegan a la escuela acompañados por sus padres, tras lo cual guardan los abrigos y sombreros en los respectivos casilleros antes de entrar en la sala de clases decorada con pinturas, collages, mapas y pizarras.

Hace poco, Diana resolvió ecuaciones matemáticas en la pizarra de la sala de clases, trabajó en tareas de escritura e hizo dibujos animados imaginados por ella Como toda buena educación, el aprendizaje aquí no es solo práctico, sino que proporciona las técnicas necesarias para que los alumnos desarrollen plenamente su imaginación.

«Llegamos al centro cuando Diana tenía 9 años», cuenta Antonina Skorgovskaya, que trabaja en el Hospital Regional de Talas y, por tanto, no podía ocuparse del cuidado y la educación en casa de su hija. «El centro ofrece un buen apoyo y una buena formación. Le gusta dibujar. Antes dibujaba caballos, ahora hace dibujos animados. No los he visto en la televisión, lo saca todo de su cabeza».

Como todos los alumnos de Tenir-Koldoo, su hija Diana, de 13 años, recibe diariamente clases de lectura y escritura por parte del personal especializado del centro.

«Llegamos al centro cuando Diana tenía 9 años», dice Antonina Skorgovskaya, la madre de Diana. «El centro ofrece un buen apoyo.  A ella le gusta dibujar. Antes le encantaba dibujar caballos, ahora hace dibujos animados. No los he visto en la televisión, lo saca todo de su cabeza».

Más proyectos para el futuro

Para la Media Luna Roja de Kirguistán, cuyo cometido es apoyar a las personas más vulnerables, el centro responde a una necesidad muy real e importante. Los niños discapacitados no pueden caer en el olvido por la falta de servicios, ni tampoco debido a la gran estigmatización que existe en torno al retraso mental. Muchas instituciones locales y lugares de encuentro informales para jóvenes –y los demás jóvenes– no siempre aceptan con los brazos abiertos a las personas con discapacidad.

La madre de Diana fue testigo de esa dolorosa realidad. «La gente se reía porque no podía hablar normalmente», recuerda Skorgovskaya. «Algunos pensaron que era contagiosa y prefirieron limitar el contacto con ella».

El centro no solo es un lugar seguro, sino que representa además una afirmación de que los niños con discapacidad son mucho más que sus minusvalías. Sin embargo, quedan muchas cosas por hacer y Abdumalik ya está pensando en su próximo proyecto, para alumnos mayores que buscan más independencia y desean apoyarse en sí mismos.

«Por desgracia, los niños de 16 años no tienen dónde ir», se lamenta. «Estamos pensando en abrir otro centro donde enseñaremos materias para que en el futuro estos jóvenes puedan conseguir un trabajo».

Mientras tanto, es un gran alivio ayudar a los niños en las etapas de aprendizaje esenciales.  «Cuanto antes empecemos a enseñar y capacitar a esos niños, más aprenderán», asegura. «Me gustaría que estos niños pudieran  formar una familia y lograr una vida plena».

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