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El sueño de Houda

Una refugiada siria encuentra una solución para su vida explorando los lazos comunes entre la cocina siria y turca.

La comida siempre ha sido un aspecto esencial en la vida de Houda Al-fadil. Algunos de los recuerdos más queridos de su infancia giran precisamente en torno a la preparación de platos, como el makdous (berenjenas rellenas en escabeche o encurtidas en aceite), con su madre en la casa natal en las afueras de Damasco.

“Nos sentábamos alrededor de mamá cuando lo preparaba”, recuerda. “Lo mismo hacíamos cuando cocinaba mulukhiyah”, añade, refiriéndose a una planta de la región, con muchas hojas, que se usa como espinaca en los guisos o con cordero y arroz. Eran tiempos felices y maravillosos que compartíamos con mamá y mis hermanas”.

Entonces estalló la guerra y se acabaron los días felices. El marido de Houda perdió su trabajo y la familia se vio en graves aprietos. Fue entonces cuando sus habilidades culinarias le resultaron muy útiles. “Empecé a cocinar kibbah (croquetas rellenas de cordero o pollo) y preparaba perejil picado, calabacines rellenos y hojas de uva”, cuenta. “Para los que celebraban la llegada de un bebé, preparaba caramelos envueltos. Hacía panqueques”.

¿Huele como la mulukhiyah de mamá? Para Houda, el sabroso aroma de la mulukhiyah le trae recuerdos de cuando ayudaba a su madre a preparar comidas familiares en su casa cerca de Damasco antes de la guerra.  | Foto: Ozan Güngör/IFRC

El ingrediente esencial

Hoy en día, para Houda cocinar mulukhiyah o uzi (pastel relleno de guisantes, nueces salteadas, verduras, carne y arroz) tiene un significado totalmente diferente. Houda vive ahora en Turquía, un país que le abrió los brazos después de que ella y su familia tuvieran que huir de Siria, aterrorizados y cansados tras años de bombardeos indiscriminados, secuestros al azar y sin oportunidades ni futuro para sus hijos.

En su nuevo hogar en Kahramanmaras, una localidad del centro sur de Turquía, las habilidades culinarias de Houda son el ingrediente esencial en su búsqueda de una nueva vida. No solo le permiten tener un pequeño ingreso y un empleo con significado para ella, sino que le ofrecen también una forma de conectarse con la gente en su nueva comunidad.

Su aventura culinaria comenzó cuando Houda se matriculó en un curso de cocina tradicional turca que se ofrecía en un centro comunitario dirigido por la Media Luna Roja Turca, apoyado en parte con fondos de la Unión Europea, y que funcionaba en el marco de una asociación con la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

Existen 16 centros de este tipo en Turquía y están abiertos a las comunidades turcas y a los refugiados sirios. Estos centros ayudan a las personas a restablecer el contacto con sus seres queridos, ofrecen un espacio adaptado para los niños y brindan toda una serie de servicios en el ámbito de la formación profesional, el desarrollo empresarial, el apoyo psicosocial y las derivaciones sanitarias.

“Me inscribí en un curso de cocina, una clase de deporte y un curso de agricultura”, cuenta Houda. “Cultivamos pimientos y tomates. La experiencia fue genial. Disfruté de todos los cursos, pero el de cocina me encantó”.

En una de las primeras clases que Houda tuvo en el centro comunitario de la Media Luna Roja Turca en Kahramanmaras, aprendió a cultivar y cosechar ingredientes saludables, asequibles y sabrosos.   | Foto: Ozan Güngör/IFRC

“Tengo un sueño; mi sueño es abrir un pequeño restaurante… que ofrezca todo tipo de platos: turcos, sirios o de otros lugares. Me encantaría abrir un lugar así, en el que la gente de Siria, Turquía y otros lugares pueda reunirse y estrechar lazos”. Houda Al-Fadil

Compartiendo recetas y amistad  

Hoy puede ganarse la vida más o menos como antes de la guerra cocinando uzi y mulukhiyah al estilo turco. “Había mujeres turcas y sirias con nosotros. Las mujeres turcas aprendieron de nosotras el estilo de cocina sirio y nosotras aprendimos el estilo turco”.

“Aprendí a cocinar manti (albóndigas) y tarhana (una sopa picante), ambos platos tradicionales de Turquía. También aprendí que teníamos muchas cosas en común con el estilo de cocina turco”.

Houda tiene ahora una lista, pequeña pero cada vez más numerosa, de clientes que utilizan Facebook, Instagram y WhatsApp para hacer sus pedidos, que luego pasan a recogen o esperan a que se los entregue personalmente la propia chef. Houda también vende sus platos en pequeños eventos llamados kermes. “Esta actividad me ha servido mucho. Fue la gran solución para mi vida”.

Aun así, aclimatarse a un país con un idioma y una cultura diferentes no siempre es fácil. Fatma Beyaz, intérprete del centro comunitario de la Media Luna Roja Turca en Kahramanmaras, dice que los conocimientos culinarios cada vez más importantes de Houda la ayudarán a ella y a su familia a encontrar un sitio en la mesa de su nueva comunidad turca.

“Houda ya era una persona muy feliz y positiva cuando vino al centro comunitario, pero igual necesitaba un poco de apoyo”, explica Beyaz, que ha sido una especie de guía personal para Houda. “Su confianza y capacidad para relacionarse con los demás han ido aumentando. Encontró una comunidad y comenzó a ganarse la vida”.

Mientras tanto, Houda ya está pensando a largo plazo. “Tengo un sueño; mi sueño es abrir un pequeño restaurante”, dice. “Un restaurante que ofrezca todo tipo de platos: turcos, sirios o de otros lugares. Me encantaría abrir un lugar así, en el que la gente de Siria, Turquía y otros lugares pueda reunirse y estrechar lazos”.

Houda entrega los frutos de su trabajo, pasta de tomate casera, a un vecino. Estas entregas son una forma que Houda ha encontrado para ganarse la vida en su nueva comunidad. |Foto: Ozan Güngör/IFRC

Receta para el uzi

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